#CuadernodeCuestas: El desconocido encanto del Col de Braus

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La primera vez que vi una foto del Col de Braus fue en una de las páginas de la guía realizada por L’Equipe sobre Cols Mythiques du Tour de France. Quedé impresionado por aquellos hermosos lazos que ascendían montaña arriba, muy cerca de la costa mediterránea francesa, superando las primeras estribaciones alpinas de la Provenza-Costa Azul. Fascinado por aquella carretera construida literalmente doblada en diversos giros a izquierda y derecha, estuve buscando más imágenes, pero todas las páginas web que encontré me mostraban siempre la misma cara: esos increíbles 9 zigzag que protegen la subida como una fortificación medieval.

Lo puse en el punto de mira del manillar de mi bici: tenía que contemplar en vivo como habían moldeado perfectamente aquellas horquillas en la montaña. Tardé unos años, pero por fin en una visita relámpago a la Costa Azul pude cumplir mi sueño. La motivación era doble: escalar aquel bello, y no demasiado duro, Col de Braus, y por otro, en mi particular búsqueda de tesoros cicloturistas, alcanzar su cima a 1002 m de altura y llegar a la Estela en memoria de René Vietto, otro lugar de peregrinación muy apreciado por los cicloturistas franceses.

Desde el mismo puerto de Niza, por una calle muy transitada, iniciamos su escalada, aunque no será hasta L’Escarene, histórico condado de la ciudad de la Riviera francesa, donde podremos decir que ya ascendemos con decisión el puerto: 10,3 km a una media del 6,4%, atravesando la hermosa población de Touêt de L’Escarene y un pequeño paso encajonado hasta afrontar la bella serie de curvas que poco a poco iremos dejando atrás, quedándonos sin palabras, mirando con tortícolis las tremendas herraduras que acabamos de escalar.

La visión de lo que un día llamó L’Equipe “alambique”, “tirabuzón”, “kriss malayo” (antigua espada flamígera) o simplemente “cric”, palabra que con imaginación podemos leer en su vertiente, nos dejará una grata sensación al coronar a esos mil metros y disfrutar de una increíble panorámica de 360º desde los picos más altos de esa maravilla natural que es el Parque Nacional de Mercantour hasta el intenso azul del mar Mediterráneo.

En su cima encontramos la Estela a René Vietto, lugar de culto. En ella están depositadas las cenizas del ciclista nacido en Cannes en 1914, considerado como el mejor escalador anterior a la Segunda Guerra Mundial. A su muerte, el 14 de octubre de 1988, y por expreso deseo de “Le Roi René”, sus restos descansan aquí, 54 años después de que el francés realizara una exhibición ascendiendo sus rampas.

Hubo una época en la que el Tour de Francia frecuentaba con asiduidad los Alpes Marítimos. El paso por el llamado Arco de Sospel (no muy lejos de Monte Carlo), con las ascensiones al tríptico Braus, Castillon y La Turbie, entre Niza y Cannes, era habitual en las primeras ediciones del Tour entre 1911 y 1939. El Col de Braus, incorporado a la Grand Boucle aquel primer año junto a los grandes cols alpinos a propuesta de Émile Georget, mítico vencedor en el Galibier, fue puerto de paso en 24 de las 28 primeras ediciones. Desde entonces sólo se ha vuelto a ascender dos veces: en 1947 y la última en 1961. Ha pasado demasiado tiempo.

René amaba el Col de Braus, y éste se dejaba querer entre sus curvas. Fue en 1934 cuando el joven debutante de Cannes, con tan sólo 20 años, ganó esta etapa del Tour, la 11ª, caracoleando en primera posición Braus, Castillon y La Turbie. No fue una sorpresa, porque ya venía de ganar dos grandes etapas alpinas, pero en la 16ª, y cuando estaba a punto de ser nuevo maillot amarillo, su líder indiscutible, Antonin Magne, cae y destroza la bicicleta. Enterado del accidente, René no duda en dar la vuelta, algo que por entonces estaba permitido, hasta encontrarle y cederle la suya.

Antonin ganó aquel Tour gracias al generoso acto de René, que perdió todas sus opciones de victoria, cediendo aquel día más de cinco minutos en favor de su líder. Dicen, los que lo vieron, que Vietto quedó sentado en un muro, llorando, esperando el camión de reparación. Aún y así fue quinto en aquella edición, llevándose el trofeo al mejor escalador y consiguiendo rehacerse ganando la 18ª etapa entre Tarbes y Pau, con el Tourmalet y el Aubisque de por medio. Aquel detalle con su jefe de filas le hizo ganar mucha popularidad y simpatía entre los franceses pero sobre todo, como rezó L’Equipe, “René se convirtió en un escalador eterno, como el diamante”.

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo, sueños ciclistas 

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