La génesis ciclista de los adoquines

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Los que estamos involucrados en torno a las grandezas que encierra el ciclismo de competición, no podemos por menos que tratar de transparentar aquí, en estas páginas y de manera un tanto sucinta, algo que haga referencia al ámbito de la bicicleta.

El tema de hoy se centra en torno a los denominados los adoquinados o “pavés” que asolan con preferencia a una diminuta zona emplazada en la parte norte de nuestro país vecino, Francia, con incursión incluso en parte en el área sur de la nación belga. Estos adoquinados han contribuido en gran manera hacer más célebre la gran clásica internacional París-Roubaix, la más importante competición de una jornada, una carrera que impone respeto y prestigio, admirada por muchos.

Últimamente, hay que decirlo, los organizadores del Tour de Francia, deseosos de mostrar más emociones a su prueba y cautivar a las multitudes que siguen de cerca y de lejos las vicisitudes de la ronda gala, han osado introducir ciertos tramos de adoquinado en alguna de sus etapas, etapas que poseen un atractivo especial y a su vez un sabor amargo dada su acusada dureza, una pesadilla punzante para los ciclistas participantes que osan concurrir en este difícil periplo.

Antecedentes históricos

Vayamos, pues, a introducirnos en términos más concretos e introduciendo al mismo tiempo su fascinante sello histórico. Vale la pena recordar a los aficionados algunas de sus particularidades o antecedentes. Todo, en fin, nos debe ilustrar. Hagamos hincapié que la conocida gran clásica París-Roubaix que citamos, se la ha denominado más comúnmente como la carrera de “El Infierno del Norte”. No han sido pocos los que creyeron que este apelativo se debía por encima de todo a su dureza, un tormento inacabado a que se ven sometidos los ciclistas.

La realidad en torno a la existencia de esos adoquinados de forma irregular diseminados en unas cuantas carreteras de carácter regional localizados en los confines norteños del país galo tiene unos antecedentes u orígenes, según afirman las crónicas, que vale la pena dilucidar aquí como simple curiosidad informativa.

El llamado Infierno del Norte

En la ciudad de Roubaix y sus alrededores suele predominar el mal tiempo, especialmente en la época invernal, en donde prevalece un ambiente o paisaje más bien de tonalidad grisácea, mortecina, dándole una silueta de configuración más bien triste. Es un territorio básicamente industrial y de diseminadas explotaciones mineras. Debemos situar nuestro pensamiento concreto en la Primera Guerra Mundial, allí por el año 1914. Existían en aquellos lugares unos centros metalúrgicos que fabricaban armas bélicas a favor del ejército germano, un apoyo vital de alta importancia. Bajo el acoso continuado de las fuerzas enemigas aquellas planicies quedaron seriamente desgastadas y a la vez desoladas por el efecto radical y mortífero de las bombas que cayeron sin piedad en una amplia extensión plana como la palma de la mano. Quedaron sus campos, sus carreteras, sus caminos vecinales y alrededores con enormes cráteres en sus mismos suelos, consecuencia de los proyectiles caídos. Fue el resultado de una contienda terrible y sin cuartel que no conoció el perdón.

A todos los efectos, una vez finalizada la contienda europea, se procedió a poner en condiciones la pavimentación de todas las carreteras mediante el uso de piedras labradas en forma prismática rectangular para que las superficies, por lo general, pudieran ser factibles o útiles cara a los medios de transporte rodados existentes, y, además, un soporte también cara a las inclemencias poderosas del mal tiempo, traducido en forma de agua y de nieve, ingredientes predominantes en la época invernal. Era un factor indispensable restituir aquellos espacios de terreno tan quebrados.

Conocemos circunstancialmente al detalle aquellos parajes. Las nieblas y las brumas, además, suelen ser los huéspedes habituales que acompañan la región, ofreciéndonos a su vez un panorama fantasmagórico y hasta con aire misterioso. Algo así como si alguien, un poder invisible, quisiera esconder las verdades que encerraban aquellos entornos sufrientes, atenazados por un pasado y una guerra funesta que atormentó a sus habitantes, que nunca asimilaron tanta destrucción, toda una lacra que los viejos del lugar recuerdan con evidente tristeza.

Un premio simbólico

Desde que la París-Roubaix celebró su fecha de centenario, los organizadores decidieron compensar a los ganadores entregándoles al final de la carrera un trofeo, con una réplica simbólica de un adoquín, este elemento que ha constituido y constituye un duro trance para los ciclistas participantes que se ven obligados a pisar con las ruedas de sus bicicletas. El vencedor, pues, de un tiempo a esta parte recibe como compensación a su victoria un adoquín solemnemente apoyado sobre un pedestal.

Uno de los puntos de más trascendencia de la París-Roubaix se localiza en los bosques de Arenberg y el Carrefour de l´Arbre, obstáculos difíciles de afrontar. Es cuando la prueba entra en su fase decisiva, una vez sobrepasada la mitad de su recorrido establecido. Alguien nos manifestaba que en aquellos lugares no se acostumbra a dilucidar todavía al futuro vencedor, pero sí los que pierden en definitiva todas las opciones para triunfar.

La París-Roubaix ha constituido siempre un festival movido por un público entusiasta, apostado, apretujado, al borde la ruta que conduce al célebre velódromo de la ciudad norteña gala. Es una estampa viva en ebullición que se repite sin cesar cada temporada y que contribuye a enaltecer las verdades del ciclismo. Se rinde un justo homenaje a las grandezas que encierra este deporte de las dos ruedas tan maltratado, como bien sabemos, en esta última década.

Conclusión

Fue de esta manera que un sagaz periodista se le ocurrió bautizar a la clásica París-Roubaix, con aquella aparatosa frase lapidaria, que hemos aludido con anterioridad como nota puramente divulgativa: “El Infierno del Norte”. En los ambientes de la bicicleta los aficionados, que admiran y se sienten sugestionados por este duro deporte, bien saben en donde se localiza este lugar mágico en donde abundan estas piedras geométricas de superficie ligeramente redondeada, que los ciclistas, los principales encausados, temen y quisieran olvidar. Hay pesadillas que la mente nunca podrá apartar de su cerebro.

Sumergidos en el halo de esta carrera de indudable renombre, no podemos por menos que anunciarles que con posterioridad tenemos intención de hilvanar un poco de historia acerca de esta carrera tan sugestiva y atrayente. Nunca se conoce bastante las vivencias internas plasmadas con el pasar de los tiempos por una carrera de características tan singulares y llamativas. Quisiéramos reverdecer su historia y dar a conocer hechos que pueden haber pasado desapercibidos a los ojos de los miles y miles de aficionados que reúne el deporte de la bicicleta. Pocos no son.

Por Gerardo Fuster

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