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Una portada “Por amor al ciclismo”

Mundo Bicicleta

Una portada “Por amor al ciclismo”

Endura LDB Di17
Cambrils ZC, Gran fondo

Nunca he creído en el destino. En esa chaladura de que el universo ya tiene escrito todos los puntos cardinales que marcarán nuestras vidas. Eso de que todo está ya escrito y que a lo único que nos limitamos en la vida es a pasear, a caminar cumpliendo esas etapas que algo o alguien ya ha predestinado para nosotros. Soy más de creer en que cada uno es el autor de su propio camino. El escritor de su propia vida y que nuestros actos, nuestras elecciones son las que construyen el recorrido que nosotros mismos diseñamos.

Y debe de ser la edad, el paso de los años o que de repente, en la vida te suceden cosas aparentemente sin explicación lógica pero que tienen una coincidencia a la que te resistes a creer que sea solamente una pura casualidad o simple fruto de la suerte, que al final acabas creyéndote que sí, que todo estaba escrito, que algo tiene que haber para que haya sucedido de esa manera. La mente humana. Siempre nos empecinamos en darle razones a todo y cuando no las encontramos, necesitamos decir al mundo, decirnos a nosotros mismos que es “el destino”. Esa chaladura.

Cambrils ZC, Gran fondo

Por amor al ciclismo” iba a publicarse en otoño de 2013. Un año antes había firmado el contrato con la editorial Cultura Ciclista, fijando la salida del libro en los últimos meses del pasado año. Pero el bloqueo mental de una recién estrenada escritora que no había pasado de escribir más de diez páginas seguidas en reportajes y entrevistas para Ciclismo a Fondo y el ahogamiento repentino retrasaron el lanzamiento.

En realidad, por aquel entonces, cuando debía de haberse publicado, el libro solo contaba con dos capítulos y medio escritos. O mejor dicho dos, pues ese tercero –el de Rigoberto Urán- lo rompí en mil pedazos y volví a escribirlo al completo. Por no haber, no había ni portada. Ni siquiera una aproximación o una imagen, ni siquiera una idea de lo que quería que fuera la imagen central y principal del libro.

Era el mes de abril. Una mañana más, otra etapa de la Vuelta al País Vasco que, aprovechando que es la carrera de la tierra, cada día iba y venía de las etapas para hacer noche en casa. Antes de ponerme en marcha de camino a la salida de ese día desayunaba en la cocina. Entre el té caliente y las tostadas con tomate, con el móvil en la mano (malditos hábitos que estamos cogiendo, ya ni mientras desayunamos podemos despegarnos), viendo las noticias, conectada a las redes sociales de repente vi una imagen que me cautivó. Era Evelyn.

Jasper Stuyven había colgado en su cuenta de twitter una foto de un niño que paseaba por un tramo de pavé desierto, vestido con un maillot de la selección belga y en su mano, una bandera del león de Flandes. Su equipo, el Trek la había retuiteado esa misma mañana y así apareció en mi timeline. Fue un flechazo. Un amor a primera vista. Como una de esas cosas que ves y te convences al instante, una de esas personas a las que conoces por primera vez y sabes que están hechos para formar parte de tu vida.

Inmediatamente cogí la foto y se la mandé a Bernat López, el editor de Cultura Ciclista. “Querido editor”, le puse en el email, “¡ésta es nuestra foto!”.

¿Pero quién era ese niño? ¿De dónde había salido esa foto? Antes de arrancar el coche y ponerme en marcha camino de la salida de aquella etapa de la Vuelta al País Vasco llamé a Tim, el jefe de prensa del Trek. Tim estaba en Bélgica, concentrado y estresado en la semana más esquizofrénica cuando se desempeña su labor comandando las labores de prensa de un equipo que cuenta con un corredor de la talla de Fabian Cancellara. Tim le preguntó a Jasper pero el ciclista poco o nada sabía de aquel niño. Tan solo que había visto la imagen “por ahí”. No había rastro de la identidad de aquella criatura.

Así que puse en marcha la maquinaria. Contacté con varios amigos de profesión belgas y holandeses. Joeri de Knop, Guy Vermeiren, Michael Van Damme, Guy van den Langenbergh y Jose Been me echaron una mano intentando averiguar de dónde venía aquella foto y fue la buena de Jose quien dio con la pista crucial: The Chain Stay.

Así se llamaba –y se llama- la guesthouse de los padres de aquel niño. Gregg y Holly. Él era un ciclista texano y ella una masajista de Hamilton que un buen día hicieron las maletas y cruzaron el charco para hacer de Bélgica su nuevo hogar. Allí tuvieron a su bebé, que no era un niño, si no niña. Evelyn. En Oudenaarde abrieron The Chain Stay, una casa de agroturismo para acoger a los centenares de cicloturistas que cada semana se acercan hasta los tramos de pavé más míticos de las grandes clásicas belgas. Y fueron más allá. Durante el mes de abril, comenzaron a organizar viajes en autobuses para todos los amantes de la bicicleta a las carreras más bellas y duras de la temporada.

Tras el bullicio del Tour de Flandes y antes de que llegara el siguiente domingo y se desatara de nuevo la locura con la París-Roubaix, un día Gregg y Holly cogieron a su Evelyn ataviada con el maillot de la selección belga y la soltaron, con una bandera amarilla del león de Flandes en la mano para que anduviera, sola y libre por uno de los tramos que en apenas unos días estaría colmado de gente y desataría el fervor y la locura al paso de los corredores por donde entonces Evelyn caminaba tranquila.

Gregg inmortalizó ese momento y otro más, con Evelyn, sonriente y mostrando su rostro agitando la bandera. Apenas unos meses después se convertían en la portada y la contraportada de “Por amor al ciclismo”, pues nada ni nadie podría expresar mejor lo que este libro trae, historias de niños que por su pasión empezaron a caminar solos por tramos solo aptos para valientes, caminos ciclistas. Nada ni nadie iba a poder decir mejor lo que es el amor al ciclismo. La imagen me enamoró, fue un flechazo y hoy doy gracias a ese retraso y ese estancamiento mental que no me dejaba escribir y no permitió que “Por amor al ciclismo” saliera en otoño del 2013 porque de haber sido así no lo hubiera hecho con esta portada tan perfecta, tan tierna y tan romántica.

¿Será simple casualidad o de verdad tendré que creer en esa chaladura del destino?

Por Ainara Hernando, autora de “Por amor al ciclismo”

INFO

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