Amstel y Flecha: el espectáculo secuestrado

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¿Qué nos emociona de las clásicas? Yo diría que su espontaneidad, su perfil transgresor, violento y eléctrico. También por sus escenarios íntimos, por carreteras vecinales y adoquinados de antaño. Carreras sin papeles, ni pizarras. Disputadas a cara perro de lejos. Cuando el esfuerzo es para un día, guardar gramo de energía es mayúsculo error incluso temerario pues la apuesta te puede salir rana si el del al lado se emplea como debe.

En esta tesitura, uno siempre se sienta con las mejores de las intenciones para ver una de las grandes de un día. Con esas intenciones y la mayor de las ambiciones de ver un buen espectáculo, lo cierto es que el resultante no siempre satisface.
Muros disuasorios
Tenemos una serie de clásicas que generalmente no te dejan con el mejor sabor de boca. De las tres que se incluyen en el tríptico de las Árdenas, aunque sea por afinidad geográfica y paisajística, dos, las dos primeras cronológicamente, la Amstel Gold Race y la Flecha Valona no suelen ser las mejores carreras para disfrutar de una emoción sostenida en base a kilómetros y ello, irremisiblemente, las equipara a muchas etapas de las grandes vueltas donde la especulación hace presa de la carrera.
Quizá la circunstancia común a ambas sea su final duro y agresivo. La economía del esfuerzo ante pendientes de dos dígitos al final se impone y con ello el déficit de espectáculo se ensancha. Comentaba emocionado Juan Carlos García en la retransmisión de Teledeporte a 39 kilómetros de meta “¡quedan ocho cotas!”, y qué, qué supuso de nuevo, poco o nada. Paseo a alta velocidad y nula circunstancialidad por las colinas limburguesas. Si más margen que el que los bloques de referencia quieran dejar, la aventura en solitario se supone un suicidio deportivo, una claudicación en toda regla. Salvo que no te llames Freire y estés de vuelta. No sé, en el futuro, o se reformulan las distancias, finales y demás cuestiones o la carrera seguirá secuestrada. Si los tulipanes quieren emular a sus conciudadanos flamencos y vivir una fiesta de ciclismo repartida en 100 kilómetros qué se lo hagan mirar por que hasta la fecha, el Cauberg sólo nos ofrece el culín de la jarra de cerveza cuando nos gusta entera, y fría si es posible. 

4 COMENTARIOS

  1. El perfil de la Amstel choca de frente con el de las clásicas sobre pavé que hemos visto en las últimas semanas, donde la emoción y la carrera se juega en cada kilómetro. Me gusta que haya perfiles distintos, si bien es cierto que últimamente (sobre todo el las grandes vueltas por etapas) se está poniendo de moda el "final youtube", en el que todo se juega en una última pendiente con porcentajes altísimos. Dicho esto, ayer me gustó bastante la carrera, con dos jóvenes (Bardet y Howes) espectaculares y con un ataque de Freire que parece reinventarse en esta temporada. La ascensión al Cauberg fue agónica y sin el "brindis al sol" de Gilbert probablemente hubiese ganado el cántabro. De pena el resto de españoles que en principio partían con opciones de victoria. También otra sobresaliente actuación de Sagan, parece que no tiene límites, ¿puede en un futuro ganar los cinco monumentos?

  2. A propósito de Freire (siento ser tan pesado), coincido contigo en que sería muy extraño que no continuase el año que viene por varios motivos: 1º Está peleando por la victoria en las mejores carreras. 2º Está en un equipo que confía y trabaja para él. 3º Creo que con el recorrido del Mundial de este año es uno de los favoritos, como mínimo, para luchar por el podio (si la selección funciona correctamente, cosa que no es habitual). 4º Con la cantidad puntos UCI que acumula y su palmarés las ofertas le lloverán las ofertas (actualmente es 6º en el ránking, y tiene más puntos él sólo que seis equipos!!).

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