Aquello no fue ciclismo, fue una barbarie

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Es un libro pequeño. Se disimula en la estantería de las grandes librerías entre obras más contundentes en volumen. Sin embargo ofrece una sentencia para enmarcar por línea leída. Su autor es Albert Londres, su título “Los forzados de la carretera. Tour de Francia de 1924”. Es una pequeña joya que habla de las penurias de los que en esa época tenían cojones a embarcarse en algo que hoy es glamour. Ya entonces, participar en el Tour despertaba hasta las vergüenzas de sus participantes, pues muchos de los inscritos usaban nombres falsos para no ser identificados por sus familiares y amigos. Terrible.

El ganador, Ottavio Bottecchia, adoró la miseria

El excepcional relato escrito por el mítico periodista emanó a pie de un coche de principios de siglo torturado por las horas de viaje y caminos inhumanos. Hemos rescatado algunas sentencias:

 

“De Fécamp a Le Havre, el grupo se depura y el esfuerzo de estos hombres ya no carece de sufrimiento. Muchos montan en “danceo”, es decir contorneándose sobre su sillín como pingüinos”

“Usted no nos ha visto en el baño en la meta. Pague por el espectáculo. Sin el barro estamos blancos como sudarios”

“Esperad a los Pirineos, es el hard labour, lo aceptamos todo… Lo que no obligaríamos hacer a una mula, lo soportamos nosotros”

“Hace demasiado calor, el Creador no es razonable, provocará la muerte de sus hombres”

“Ya se contabilizan un poco más de sesenta cadáveres; entiendan cadáveres en el sentido de botellas cuando se quedan vacías”

“Durante un mes se han batido contra la carretera. Las batallas han tenido lugar en plena noche, en la madrugada, bajo el impacto del mediodía, a tientas, en la niebla que provoca cólicos…” 

La pieza se lee a ritmo de talegazo y desgracia para cada uno de los que en esa época tenía la inconsciencia de salir. Toda ella supone un canto a la épica, la leyenda y el heroísmo de los albores del ciclismo, pero también a la lógica trampa que al final surgió ante tanta adversidad. Leyéndolo entenderemos que la trampa fue una consecuencia casi indispensable para que esto siguiera adelante.

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