Aristas de primavera

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Admito que desde siempre he tenido una predilección por una clásica, se corre en Valonia, es decana, la decana, y transcurre entre Lieja, Bastogne y Lieja. Admito que me gustó mucho desde aquella edición que Miguel Indurain se quedó a un paso del podio, cuando la carrera aún no acababa en Ans, y sí abajo, en la ciudad bañada por el Mosa. Ganó aquella carrera uno de sus grandes mitos, el italiano Moreno Argentin, y en aquella fuga de cuatro ciclistas había otro grande que además nos dejó no hace mucho, hablo de Claude Criquielion.

Aquellas Liejas introdujeron la llegada a Ans a golpe de riñón y daban excelentes espectáculos, como una de las mejores carreras que jamás haya visto, ese mano a mano entre Bartoli con dos hombrecitos de amarillo, Zulle & Jalabert. Eran carreras de mitos vivientes, de ciclistas que no dejaron indiferentes, como Paolo Bettini, VDB, Stefano Garcelli,… ciclistas que daban espectáculo, sí con todas las reservas del mundo, pero nos daban buenos momentos.

Sin embargo Lieja ha caído hace unos años en el tedio de la velocidad y control. Carrera enorme, centenaria, pero que se decide en un suspiro, casi lo mismo que su hermana pequeña, la Flecha Valona, y no menos que una de las clásicas más sobrevaloradas del calendario, la Amstel, que será un fiesta neerlandesa y lo que quieran, pero es un auténtico tostón, de guión previsible y desenlace casi idéntico desde hace varios años.

Por eso hace unas temporadas viré la atención al adoquín, ahora mismo, el núcleo duro de la temporada, ese tramo de año tan singular, tan marcadamente original, que cuenta con una bolsa de favoritos y nombres importantes que posiblemente no se vean en las mismas hasta el año que viene por estas fechas.

Seguro que el momento más generalizado de la primavera haya sido ese pelotón resquebrajado por un paso a nivel y dos barreras. Una imagen que no hace justicia a lo que es el ciclismo por esas fechas, pero que sin embargo ha sido la más divulgada y comentada en no pocos foros.

Se dice que la primavera 2015 ha sido tediosa y no lo comparto. Hemos presenciado dos carreras históricas en su desarrollo y desenlace. La primera la Gante-Wevelgem, corrida en unas condiciones que dejaron el signo de la leyenda en cada ciclista que tuvo a bien cubrir la totalidad del recorrido. Luca Paolini, el ciclista con las vidas de un gato, fue el garante de una jornada que pasará a la memoria como una de las que mayor compasión nos despertó. Antes estuvo la antológica victoria de Ian Stannard en la Het Nieuwsblad, de un tiempo a esta parte una prueba que por ser la primera y estar lejos de los grandes objetivos enamora, es resultan y queda bonita.

Nombres de la primavera, al margen de los consabidos Kristoff y Degenkolb, los ciclistas que imitan a Kelly y que evolucionan como en su día lo hicieron algunos tipo Boonen, Van Petegem o Museeuw -de hombres muy rápidos a clasicimanos totales- me quedo con el salto adelante de Zdenek Stybar, condenado a correr en un equipo absurdamente dirigido, la tremenda progresión de Geraint Thomas, por quien el mejor Sky de todas sus primaveras debe apostar sin dilaciones, la carencia de instinto de Greg Van Avermaet, el ciclista por quien nos jugamos los cuartos, y la ineficacia probada de Sep Vanmarcke, fino producto de ese equipo holandés que produce y produce talento que se empaña en la orilla. Con todo una pena, nos quedamos con buen sabor de boca y con ganas de más. Quedan casi once meses para ello.

Imagen tomada de cyclingtips.com.au

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