Armstrong, la segunda parte fue la buena

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El hoy iniciado Tour Down Under marca, ahora sí, el final definitivo de Lance Armstrong. En el invierno austral, allí donde lo retomó por tercera vez, el mejor ciclista de la historia del Tour de Francia capitula ante el lastre de la edad.
 Armstrong ha tenido una carrera ciclista recortada en tres partes. Un tríptico cuya tabla central esconde las mejores pincelas y cuyas bisagras se amortizaron primero por un cáncer y posteriormente por un adiós que fue “see you later”. Criticado a más no poder, en el ojo del huracán siempre, ha sido el ejemplo de un ciclista que ha trascendido como nadie y como nunca al rol atribuible a este tipo de sufrido deportista. Su “come back” del cáncer, verle rodar en 1998 encadenando tres cuartos puestos en Vuelta y ambos mundiales, CRI y fondo, ya sería un éxito para cualquiera de los mortales. Como su antecesor americano en el Tour, Greg Lemond, con quien vive manifiestamente enemistado, no lo tuvo fácil e incluso en las primeras pedaladas de aquella temporada barruntó dejar la bicicleta. Pero este tejano de atribulada infancia y poliédrica carrera deportiva se crece en la adversidad. Cuando finalizó último la Clásica de San Sebastián de 1992, aquella en la que la tarde estival se hizo noche por la tormenta, dijo, como Mac Arthur en las Filipinas, “volveré” y lo hizo sí, para ganar la edición de 1995.
Ojeando un libro de hace unos seis años, con gran parte de su carrera deportiva ya cuajada, del americano, uno se da cuenta de los muchos estadios por los que ha tenido que sortear. Le vemos en las colinas flamencas junto a Tchimil con ese maillot “blaugrana” del Motorola evidenciando sus cualidades de nadador, tras el cáncer esa corpulencia se convirtió en extrema delgadez. Para entonces ya se acostumbró a firmar récords, de precocidad en este caso, cuando le birló a Indurain el Mundial de Oslo siendo el más joven de la historia en lograrlo. Un año después, poseyendo el arco iris, fue doblado por el navarro en la crono de Lac de Madine. Desde luego que aquello no lo volveríamos a ver. La de 1996 fue su mejor campaña antes de anunciar su retirada de las carreteras por un cáncer. Optó al doblete Flecha & Lieja, pero se le cruzó ese perro viejo llamado Pascal Richard.
En 1999 se inmiscuyó en asuntos domésticos disputándole la Amstel a Michael Boogerd, fue segundo. Pero lo suyo entonces fue el Tour. En Luxemburgo, igual que Indurain siete años antes, abrió el periodo que rompió todos los registros: siete Tours consecutivos. Varias imágenes en la retina: el gesto mal interpretado con Pantani en el Ventoux, el sufrimiento ante Heras en el Joux Plane, el ataque al pie del Alpe d´ Huez con Chechu de lanzador,… sin embargo fue la edición en la que se vio más justito en la que más disfrutamos. Ullrich le tuvo a huevo, pero entonces comprendimos por qué uno se convirtió en el Poupou del nuevo siglo, mientras el otro se erigió en leyenda. Le daba igual se batido en el Dauphiné, incluso con dolorosas derrotas como la infringida por Mayo en la cronoescalada al Ventoux, el Tour lo era todo, y a él llegaba mejor que nadie. Lo dominaba como ninguno. Al séptimo dijo basta.
Pero a este americano de afilada mirada le aburrían la vida de negocios multimillonarios, su engordada fundación. Volvió en el seno del equipo del nuevo capo –algún cándido reyó entonces que trabajaría para él- y le disputó el Tour hasta donde dieron de sí sus piernas. Su vuelta fue un bálsamo para el ciclismo. Controvertido y sabedor de ser el centro de atención, supo generar seguimiento e incluso se trajo un sponsor bajo la manga, ahora mismo en forma de equipo Pro Tour.
Admirado y odiado. La fina línea de ambos estados es difusa. Lance Armstrong es un capítulo entero de este libro llamado ciclismo. No puede haber discusión. 

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