Atapuma y Pantano, el corazón colombiano

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El ciclismo colombiano que nosotros vemos es Nairo, Chaves, Uran y toda la pléyade de figuras que salieron de un lugar privilegiado por la diosa fortuna para la práctica de las dos ruedas. Sin embargo, no todo es color de rosa en el país que ha irrumpido en el ciclismo mundial con ese estruendo que provocó hace más de treinta años. Los que llegan a este nivel, tienen la suerte de haber encontrado el camino por el que se quedan muchos. Lo vimos en el Team Colombia y su amargo final.

Un vistazo sobre la primera escena que se basa en los nombres que abren el post, pero no sólo en estos. Mientras la nación espera una gran victoria, tipo a la de Nairo en el Giro, aunque quizá más grande, el fondo de armario que presenta este país es increíble. Es como si el buen fario se contagiara y el talento brotara de mano en mano. Están de dulce, qué duda cabe.

Y en esas que otro colombiano lidera la Vuelta a España. No sé si pretenderá llegar muy lejos con esa prenda roja, pero Darwin Atapuma debería tener una foto al lado de la palabra “honor” en el diccionario. Leer su vida es un poema, un canto a la superación de todo y todos los problemas que pueden acongojar las mentes más débiles.

Lo que vemos de Atapuma en la carretera es su actitud frente a la vida, ni más ni menos. El tipo que se cae mil veces y se levanta otras tantas. Nos alegramos tanto de su liderato como nos entristecimos cuando se fue con las manos vacías del Giro. A ver, manos vacías en el palmarés, pero con el cariño de la afición y el respeto de la profesión. La etapa de Corvara la ganó la Chaves, pero quien sepa de justicia deportiva, sabrá que debió ser para Darwin.

Es curioso, mientras Van Garderen firmaba su enésima decepción en una gran vuelta, el gran Darwin volaba, qué actitud tan diferente. Si en Suiza el norteamericano perjudicó a su compañero en el desenlace de una etapa, al día siguiente el colombiano cobraba la pieza que debió llevarse en el Giro. Merecido premio.

Atapuma es uno, pero qué decir del Tour que nos regaló Jarlison Pantano, un ciclista que cruzó una meta pirenaica con paraguas como antesala a una escapada eterna que duró todo el Tour que le significó ser el más combativo de la mejor carrera.

Pantano y Atapuma, ya veis, dos de los “hijos de Uran” hace un tiempo menos divulgados, pero que hoy enamoran como los grandes nombres y demuestran que esto no es flor de un día, que este ciclismo venido de Sudamérica tiene vocación de encandilar por mucho tiempo.

Imagen tomada de FB de BMC Team

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