En Plateau de Beille…

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“À pied, s’il vous plaît, à pied!”. Los gendarmes, con caras de pocos amigos, nos obligaban a desmontar de nuestras bicis. Estábamos a pocos metros del inicio del col, donde la gendarmería francesa había instalado un control con vallas por el que deberíamos pasar todos los que queríamos acceder al puerto para ver el final de etapa. Podíamos entrar con las bicis… pero de la mano. Pensamos que no podía ser que no nos dejaran subir montados. No podía ser, pero de momento así era.

Habíamos llegado al pequeño pueblo de Les Cabannes (Ariège) con nuestras mochilas cargadas de ilusión, además de  bocadillos, bambas y gorras para el sol. Nuestra aproximación había sido en coche hasta la vecina población de aguas termales de Ax-les-Thermes, a unos 16 km del inicio de la subida, donde aparcamos y coincidimos con otros muchos ciclistas, la mayoría de ellos catalanes. El sitio ideal para empezar a pedalear. El tráfico comenzaba a ser bastante intenso y la entrada a la ciudad ya estaba colapsada de buena mañana.

Así, sorteando coches, pudimos salir por fin dirección Les Cabannes junto a otros pequeños grupos de ciclistas que se iban formando. Rodando bastante rápido llegamos en seguida al cruce a la izquierda que en 16 duros kilómetros nos debía de llevar hasta Plateau de Beille, todo un coloso a 1783 m de altitud, una media del casi 8% para salvar 1248 m de desnivel. Bueno, eso creíamos nosotros, que podríamos llegar hasta arriba.

En el pueblo, engalanado para la ocasión, ambiente por todo lo alto: ciclistas de un lado para el otro  o parados charlando animosamente, gente andando también, mucha, y gendarmes, muchos también. Aroma y color de Tour. Pero al llegar al control de acceso nos obligaron a echar pie a tierra, ante la estupefacción de todos los que íbamos en bici. No tendríamos más remedio que hacer toda la subida a pie. “Sí, hombre”, pensamos muchos. Y en cuanto despistamos los primeros gendarmes nos volvimos a subir pensando que ya había vía libre, pero para nada… en seguida nos topamos con otro poli que nos obligó, de nuevo y más autoritario, a bajarnos de  las bicis (“à pied!, à pied!”).

La primera rampa del puerto, delante de nosotros, impresionaba de verdad (12%). No la pudimos atacar en bici y la tuvimos que patear, pero la cuesta se las traía. Cuando los gendarmes quedaron a nuestras espaldas, de nuevo nos subimos a las bicis y aprovechamos para iniciar la escalada. Destacar otra vez el ambientazo, ciclistas de todas las nacionalidades tirando para arriba, destacando algunos noruegos con sus banderas, y de todo tipo: fuertes, altos, bajos, gordos, delgados, jóvenes y no tan jóvenes, chavales y niños. Todos buscando su sitio en la subida, intentando quedarse en alguna cuneta o rampa donde poder ver bien de cerca a los pros.

El puerto, con pocos descansos y rampas muy mantenidas, lo ascendíamos durante estos primeros kilómetros a buen ritmo, con buen desarrollo y tranquilos. No se trataba de subir rápido, si no de intentarlo hasta arriba, disfrutar del ambiente y luego bajar buscando el sitio ideal para ver pasar a los ciclistas. Poco a poco la gente que iba subiendo andando, y que íbamos sorteando, la vamos dejando atrás, quedando la carretera casi en exclusiva para los ciclistas. A estas alturas los gendarmes ya no nos obligan a bajarnos de la bici, de momento, y nos dejan hacer.

Las cunetas, a esta hora, abarrotadas de público, de caravanas, de tiendas de campaña, de aficionados comiendo y bebiendo, divirtiéndose hasta el paso de la carrera. Y ciclistas, muchos. Unos pasando como auténticas motos, otros más pausados, otros más tocados. Y es que el puerto se las trae, con muchas curvas por encima del 12%. Gente haciendo pintadas en el asfalto, otros animando a los que vamos subiendo o haciendo fotos.

En una curva a izquierdas ¡sorpresa! ¡Si es Manolo!, ¡Manolo Saiz! Allí estaba, muy moreno, echado en una tumbona y tomando el sol, viendo pasar el rosario de cicloturistas que ascendíamos con más pena que gloria el tramo más duro de toda la subida:

                                                  -¡Manolo!

                                                  -¿Qué pasa majete? 

Lo había reconocido perfectamente y me dejó una grata impresión verlo allí, en una cuneta, esperando el paso del Tour, como un aficionado  más y en medio del anonimato de los aficionados.

Seguíamos pedaleando y cada vez hacía más calor. Empezábamos a sudar a chorros. Hicimos una parada técnica para rellenar bidones en una fuente que manaba a nuestra derecha. La cola de ciclistas que había esperando para beber agua y refrescarse la delataba.

Al final de una tremenda rampa se vislumbraba un descanso y llegábamos al rellano de la cabaña Pierrefitte, unos 500 m planos en medio de una enorme campa que se había convertido en todo un recinto ferial, un mercadillo al aire libre, donde no faltaba de nada: chiringuitos donde poder comer y beber, tiendas con ropa y material de ciclismo, stands de importantes marcas,  más caravanas y más tiendas de campaña y hasta música en vivo. Un tremendo espectáculo urbano en pleno Pirineo. Hasta las vacas y los caballos parecían haber huido de allí. Esto es el Tour.

Para pasar por semejante embudo de nuevo los gendarmes nos obligaban a poner pie a tierra, ya que el ir y venir de la gente, cruzando de lado a lado la carretera, hacía muy difícil el poder continuar en bici. Aún y así, al darse la vuelta los gendarmes, intentamos subirnos pero ya no nos dejaron, a ninguno, aunque siempre había alguno que esprintando burlaba el control de la policía y se marchaba como un poseso en busca de la cima. Estábamos a unos 3 km del final y ya barajábamos la posibilidad de quedarnos allí, donde había muy buen ambiente y podríamos tomarnos unas cervezas bien frías.

Decisivo fue el preguntar a  unos ciclistas que bajaban si se podía seguir en bici el resto de la ascensión. Ante su respuesta negativa, de que los gendarmes ya no dejaban subir montados lo que quedaba de puerto, decidimos quedarnos. Así pues, no pudimos cumplir el sueño de escalar todo el puerto y eso que en teoría quedaba lo más fácil, pero nadie nos puede quitar lo ascendido y el hecho de poder estar allí, en medio de aquel precioso paisaje pirenaico, un poco estropeado por las carpas y el tremendo ruido que producía la megafonía que tenían allí instalada.

Aún quedaban unas dos horas para ver el paso de la caravana publicitaria del Tour y otra más para ver por fin a los ciclistas. Era la hora de comernos los bocadillos, bebernos unas cervezas y tumbarnos un rato a descansar viendo como pasaba gente disfrazada de todo tipo: pitufos, policías sexys con tanga, gorra, cinturón y liguero, novias, un Spiderman, luchadores de sumo, una chica tremenda vestida de militar, ¡pero sólo con las botas! En fin, frikis dando el cante, intentando salir por la tele.

También ciclistas de todas las nacionalidades: franceses, ingleses, algún australiano, catalanes, vascos (¡y del Athletic!) que llegados a este punto, y ante la postura de la gendarmería, o bien se quedaban allí o se daban la vuelta. Mucho ambiente, mucho color, sol y calor. Suerte de las gorras, las bambas y la crema protectora que habíamos traído con precaución.

Así se nos pasaron rápidamente las horas de espera, muy entretenidos, hasta que empezaron a subir los primeros vehículos de la colorida y animada caravana del Tour repartiendo sus famosos obsequios. Pues no pillamos ni uno. Un pareja de sexagenarios franceses que teníamos a nuestro lado, y en muy buena forma, se hicieron con un botín ese día porque no pararon de pillar todo lo que tiraban desde los coches, mostrando tener muy buena experiencia ya que llenaron una bolsa entera de regalos.

Por fin el momento esperado, ¡llegaban los ciclistas! Los íbamos siguiendo a través de una pantalla instalada en un stand de una gran casa comercial y ya pudimos comprobar que aquí no se iba a mover nadie, salvo el escapado, y a la postre ganador, el belga Vanendert, perseguido por un gran Samuel Sánchez. Y ya estaban aquí, a nuestra altura. Los aficionados ocupando buena parte de la calzada. El gendarme que controlaba nuestra zona empujando, empujando… Los frikis haciendo de las suyas. Emoción, fotos, gritos de ánimos y detrás el resto de favoritos. No se mueve nadie. Todos a rueda de todos. Voeckler tirando, los Schleck a rueda y Contador que llevaba muy mala cara. Pasaron muy rápido, eso sí. Luego iban llegando el resto que pasaban como una exhalación y después los diferentes autobuses con los sprinters… y se acabó.

En apenas un margen de pocos minutos habían pasado todos, corredores, motos y coches de equipo. La etapa no había sido gran cosa pero habíamos estado allí. Disfrutamos, reímos y vimos a nuestros ídolos por unos instantes. ¿Había valido la pena? Rotundamente sí. El Tour es puro espectáculo, hagan lo que hagan los corredores, un gran circo ambulante. Sólo se puede disfrutar una vez al año y hemos sido espectadores de primera fila de uno de los acontecimientos deportivos más importantes del mundo, según dicen, sólo superado por los Juegos Olímpicos y los Mundiales de fútbol.

Por Jordi Escrihuela 

Imagen tomada de http://www.les-actus-du-cyclisme.com/

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