Todo cabe en el World Tour

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A saber, el World Tour es la “creme de la creme” del ciclismo mundial. Un circuito instaurado hace unos cinco años que incluye las tres grandes vueltas, los cinco monumentos, pruebas de un día históricas, más otras que no lo son tanto, como las canadienses, y carreras de una semana, más o menos, que se distinguen por su arraigo, antigüedad y singularidad, ofreciendo un abanico tan amplio como “regiones y sensibilidades” hay en Europa, como tanto gusta decir ahora. También hubo sitio para un arranque en Australia, el Down Under, y una carrera que aunque desnaturalizada, ciclismo en el Benelux en agosto, cada año ofrece grandes espectáculos como es el Eneco Tour.

De este primer listado se cayó hace un par de años el Tour de Pequín, una carrera surgida en la prórroga de los Juegos Olímpicos, que pudo ser la guinda al negocio del excelso exdirigente de la UCI, Hein Verbruggen, y que ofreció estampas dantescas como las mega avenidas de la capital china despobladas de público y alma con un pelotón dando vueltas para arriba y para abajo con la sensación de correr al margen del mundanal ruido. Ciclismo proscrito.

Esto es el World Tour, una suerte de tarima del mejor ciclismo del mundo que muchos equipos de los denominados de primer nivel tienen problema en cubrir por todos sus frentes, dándose la paradoja de conjuntos sin mayor ambición publicitaria que sus mercados de proximidad que se ven obligados a competir en la otra punta del mundo porque lo dice el reglamento.

Pues bien, esos problemas de cubrir el calendario serán minucias con lo que se avecina el año que viene. La UCI ha decidido en plena temporada, y faltando al respeto a carreras en marcha, como la Vuelta a Burgos, incluir otros diez eventos en el porfolio del máximo escaparate del ciclismo. Diez eventos que supongo obligarán a estirar las plantillas o a inscribir menos ciclistas por carrera, algo que no se ha precisado, pero que sería interesante saber, más que nada para no ver equipos en País Vasco o Volta con siete o seis ciclistas en la salida porque sencillamente no dan el abasto.

Las diez nuevas carreras llevan hasta 37 los eventos incluidos en el WT. Algunas entran, pero si no lo hicieran tampoco pasaría nada, porque la Het Nieuwsblad, la Het Volk de toda la vida, es la apertura del calendario belga, con lo que ello implica, luego está la Strade Bianche, una carrera que da un buen espectáculo pero que ahora, con este “upgrade” quizá cohíba más a quien vaya a correr por “amor al arte” del Campo de Siena. Entra también California, para muchos la cuarta grande y A Través de Flandes, una prueba que forma parte de ese ramillete de pequeñas grandes carreras que sin estar en el WT ofrecen un ciclismo silvestre, muy alejado de los bloqueos de las mejores pruebas. Aplaudimos la entrada de la Ride London y la de Frankfurt, la carrera alemana de primero de mayo que sobrevivió a los desastres de esta década.

Para rellenar meten paja, critériums de pretemporada que serían lo mismo que el Carranza valiera para entrar en la Champions. La Cadel Evans Great Ocean Race, prueba homenaje al primer y único campeón australiano en el Tour que suena a reto náutico, y la cuota árabe: Qatar, la pionera de esas tierras, y Abu Dhabi. Ah, y la Vuelta a Turquia, una carrera cuyo principal valor es la forma de vender el país y sus atractivos turísticos, porque ahora mismo el suelo turco no me parece el más idóneo para una competición ciclista.

Así son las cosas, el negocio global, la mal entendida globalización, un “sipiajo” en la historia de un deporte centenario. Veremos cuánto duran algunos de los engendros metidos con calzador. La sombra pequinesa es alargada.

Imagen tomada del Qatar Tour

INFO

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