En ciclismo el abanico es sinónimo de tortura

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Para los amantes del ciclismo, un abanico es un tipo de formación que dibujan los ciclistas en días en los que hace acto de presencia el viento, de forma lateral, por intentar resguardarse de él. Para los aficionados, un abanico es sinónimo de belleza, espectáculo, velocidad… . Para un corredor, es dureza, nerviosismo, tensión, sufrimiento, peligro.

La aparición de viento lateral no es siempre sinónimo de abanico. Para que se produzca, necesitamos un equipo o corredores con ganas de liarla, que aprovechen este aire para montar el abanico, o que la propia velocidad de la carrera, muchas veces ayudada por el tipo de carretera, lo provoque.

Si el abanico te lo montan, todo pasa muy rápido. Vas rodando en el pelotón y de golpe se acelera el ritmo. Buscas como un loco la protección del aire, para sufrir lo menos posible, no cortarte tú y rezando para que no se rompa el grupo. Cuando esto pasa los abanicos suelen hacerse rápido. Posiblemente acabes metido en uno de ellos relevando, no muy cómodo, pero irás haciendo.

Si el abanico se produce de forma natural, sin que nadie lo busque, todo es más lento. Poco a poco el pelotón deja de ocupar la totalidad del ancho de la carretera y va decantándose por el lado contrario al que pega el aire. Estiras el cuello y miras a la cabeza. Todavía se ve el ancho de la carretera ocupado. Piensas en lo que darías por ir bien guardado ahí. Avanzan los metros, las fuerzas van escaseando, y ya se rueda enfilado. Algún corredor que no ha podido entrar en la fila, busca desesperado un hueco, pero nadie suele ceder ni un metro. Sin darte cuenta estas haciendo equilibrios por el borde del asfalto. Se rueda rápido, y de vez en cuando sientes como esas malas hierbas que viven al borde de la carretera se pegan en tu zapatilla.

Intentas como un loco meter la rueda delantera, entre el borde del asfalto y la rueda trasera del corredor que te precede. Cualquier mínima protección es buena. Algo ha pasado por delante, y el bandazo, que llega hasta la cola del grupo en forma de acordeón, casi provoca una montonera. Entre el esfuerzo y el susto, el corazón te sale por la boca. Vuelves a tu posición de tortura, estas hasta las narices de ver el culo del dorsal 104. Esa noche acabarás teniendo pesadillas con él.

Ya no sabes si formas parte del pelotón de cabeza, o de un segundo o tercer abanico. Tampoco sabes si llevas 20 minutos así o una hora. Sea como sea, se hace eterno. Al final ese dorsal 104, que ya “odias”, pierde unos metros. Se deja la vida por no cortarse, pero acaba rindiéndose para abandonar la cuneta de la tortura y buscar la del lado contrario.

Estás vendido. Quieres cerrar esos escasos diez metros. Aprietas los dientes, las piernas te explotan y acabas optando por abrirte para encontrar el amparo del dorsal 104, ante tu incapacidad por entrar en la fila. Los corredores que vienen a rueda siguen tu estela, ese hueco es insalvable. Buscaran tener un mínimo respiro y relevar en un nuevo abanico, que les permita minimizar la pérdida de tiempo. Tu deseo de llegar a un cambio de dirección en la carretera no ha llegado a tiempo.

Ahí ya ves claro que si no hay un gran cambio te tocará perseguir hasta meta, pero por lo menos, lo harás con algo más de comodidad. Al cruzar la línea de llegada, la tensión, la sensación de peligro constante y la fatiga te han dejado para el arrastre. Los abanicos, eso que disfrutan muchos, pero sufrimos unos pocos.

Por Eric Monasterio

Imagen tomada Zarabici

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