El ciclismo está secuestrado

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El otro día, creo que era camino del Izoard, mientras el pelotón descendía el Vars, Angel Arroyo pasó por los micros de Eurosport. Inquirido por los presentadores, el abulense contó y recordó batallitas de hace poco más de treinta años. Arroyo fue un ciclista importante, mucho más de lo que nos imaginamos, la memoria nos traiciona.

Una enfermedad apagó su ímpetu y acabó retirándose en el 89 con la sensación de que podía haber sido mucho mejor, tanto, como el segundo puesto que logró en el Tour de 1983, la carrera loca y sin dueño que se llevó Laurent Fignon.

Bicicletas Santa fixie

Angel Arroyo con Lucien Van Impe

Arroyo estuvo realmente entrañable, habló de sus gestas, las batallitas que le dicen, si le hubiéramos visto por un pequeño agujero, seguro apreciaríamos su mirada vidriosa, hablando de aquellos maravillosos años. Incluso le preguntaron por Lucien Van Impe, el escalador belga templado, que estos días es noticia por su delicada salud.

Cada historia, cada comentario, cada suspiro, Arroyo lo vestía con una risilla, leve, muy leve, pero siempre ahí, constante, incrementando la sensación de nostalgia de años inciertos pero que sentaron las bases del presente.

Ese orgullo es el que puede exhibir el excorredor, el orgullo de saber que ha sido importante en una época de grandes, de ciclistas que corrían sin potenciómetros, sin pinganillos, sin redes sociales, sin una legión de profesionales midiendo cada paso, cada esfuerzo, cada pensamiento…

Arroyo hablaba del ciclismo que ya no volverá. El otro día un amigo francés nos dio las gracias por dedicarle una reflexión al renacer galo en “son Tour”. “Gracias, Iban, pero yo me quedé con el ciclismo de Hinault y Fignon. Soy vintage”.

Yo sé que los tiempos cambian, que la evolución se impone, pero pensad por un momento en el Tour que hemos visto, la igualdad existente, la sensación que nos recorrió el cuerpo en el Izoard, o en el Galibier,… hay ataques entre los grandes, no muchos, pero los hay, y sin embargo todos mueren en la orilla, porque está todo tan sostenido, todo tan controlado, que no hay margen para el error.

No hay margen por ejemplo para las pájaras, ese término popularizado en los ochenta con las míticas “petadas” de Perico. Hoy aguantas con el agua al cuello, pero aguantas y evitas tragedias mayores porque te sostiene una legión de nutricionistas, psicólogos, fisiólogos, y todos los “ogos” que queráis añadirle.

El control, la cienca ha tomado el ciclismo, diría más, ha secuestrado el espectáculo. Hoy un número en la pantalla es tu biblia y el pinganillo, tu pastor. Es terrible, pero cierto. Sé que muchas veces me tacháis de nostálgico absurdo, y es posible que tengáis razón, pero el ciclismo se hizo grande con aquellas etapas, como esa de los Pirineos que ganó Millar a Perico, días antes de que éste se pillara un globo de impresión camino de Morzine, a donde llegó Arrollo con Van Impe soldado a su rueda.

Aquel ciclismo era una moneda al aire que podía caer hasta de canto, porque era imprevisible. Había someros tostones, desde luego que sí, pero también jornadas que nunca más hemos vuelto a disfrutar.

Quienes vemos este deporte sin banderas y con la única intención de disfrutarlo desde la raíz, es decir la emoción y el sufrimiento en extremo, lamentamos ver a cuatro y cinco compañeros con Froome cuando a éste sólo le quedan rivales en el grupo, lamentamos que los movimientos se ciñan al muro de Peyragudes, porque antes juegan todos un ajedrez de números y órdenes cruzadas, lamentamos que se hipotequen grandes cimas como escenarios intermedios que conducen a la meta.

Este año salvo Galibier e Izoard, el Tour no ha transitado por grandes leyendas, y casi lo prefiero porque las últimas ascensiones al Tourmalet supusieron una afrenta al gran ciclismo, a ese circo verde y majestuoso que cinceló grandes gestas y nombres. Como digo el Tourmalet, podemos añadir otras cimas.

No me parece mal que el nuevo ciclismo encuentre acomodo en etapas como la del Jura, donde la selección se hizo en los descensos, al fin y al cabo los riesgos son para todos y cada uno es dueño de saber cuánto riesgo quiere asumir.

Sé que hablar es gratis, pero el desahogo nadie te lo quita, oír a Angel Arroyo hablar del ciclismo que él practico mientras los AG2R ponían ritmo al Vars, con todos los Sky detrás, te reconcilia con el deporte, con tu deporte, ese que miras y ya no reconoces.

Imagen tomada de BiciRun Salamanca

INFO

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