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#ClassicMen El último grande se llama Tom Boonen

@JoanSeguidor

#ClassicMen El último grande se llama Tom Boonen

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En menos de un mes, aunque nos parezca una eternidad, andaremos metidos en harinas de clásicas, para un servidor el ciclo de carreras más vibrante y diverso de la temporada, una campaña de escasas ocho semanas que arranca con la Het Volk, rebautizada por motivos comerciales, y que se cierra emocionalmente en el velódromo de Roubaix, y efectivamente en la cuesta de Ans, la culminación de la Lieja.

Es por ello que queremos rendir pequeño recuerdo a los grandes clasicómanos de la historia, un minúsculo tributo en forma de busto marmóreo en la entrada de casa en el que pasearemos por las excelencias del momento más singular de la campaña ciclista. Habrá de todo, leyendas, mitos y recortes, pero empezaremos por uno que sigue activo, al menos hasta el 9 de abril, la fecha que espera para coger la bici y tirarla al medio del césped del velódromo de Roubaix.

Porque Tom Boonen se explica en Roubaix, la carrera que prioriza y prestigia como la primera de sus preferencias. Otras como Flandes pasan varias veces por el Kwaremont, la capilla la suben en más carreras, los parajes de Roubaix son únicos, patrimonio exclusivo de esta carrera, de ese domingo de Pascua. Ni el Tour se atreve a entrar a la entraña de Arengerg, se queda a las puertas, ni al Carrefour, lo toca tangencialmente.

El primer disgusto ciclista de Boonen fue cuando, siendo un crío en el US Postal de Armstrong, perdió su primera Roubaix ante Museeuw, que se fue mientras el revoloteaba por la panza del grupo en pleno tramo de pavé. Catorce años después se llevó idéntico disgusto cuando veía que en el mejor día de ciclismo en mucho tiempo no fue capaz de soltar a Mathew Hayman y éste le ganaba en los peraltes del velódromo cuyas míticas duchas no ha utilizado porque ya se limpia en el camión del equipo.

Decir Boonen es decir muchas cosas, pero sobretodo Roubaix. Dos momentos, esa edición que ganó porque se puso al frente y vio como detrás de él los rivales caían presa de una mala maniobra o de la imprecisión: Van Summeren, Felcha, Hushovd, Pozatto,… uno a uno cayendo en serpentín y él, azul y blanco, en solitario hacia el velódromo. Otra imagen, la de 2012, el “quasi pleno”, pues ganó todas las del adoquín salvo Het Nieuwsblad. Atacó a una eternidad de Roubaix y llegó. “Aquel día me sentía capaz de cualquier cosa” admite.

Y yo admito que Boonen no me gustaba, no al menos en sus primeros años de insolente facilidad para ganar, tanta que causaba recelo. Pero el paso del tiempo pone a cada uno en su sitio y a Boonen éste le ha situado muy arriba en una escala de aprecio. Es un ciclista único, irrepetible, un lujo que hemos visto en directo, correr y ganar en grandes carreras, crecer como persona, conviviendo con la esfera social que rodea a los ciclistas en Bélgica y siendo fiel a Lefevere como éste lo ha sido con él. Desde el princicpio hasta el final.

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Cuenta Boonen que le quedan once semanas de profesionalismo, terrible noticia por un lado, pero buena por el otro, porque éste dará la mejor medida en cada carrera que se ponga un dorsal. Es la estirpe de los campeones, de los que perduran. Quizá por eso Boonen sea de los más expresivos en meta cada vez que Sagan gana una carrera.

Imagen tomada de Pinterest

INFO
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