Competir es lo que hizo Tony Rominger en El Naranco

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“Fair play”, ja. Juego limpio, chuminadas. Esperar al rival, eso es de maricas. Competir es otra cosa, es no mirar para atrás, es sentir que el mundo acaba tras tu tubular postrero. Es trazar, arriesgar y obligar al fallo. Una Vuelta a España se decantó así, a lo bruto, a lo bestia.

Dos suizos dominaban la carrera del año 1993. Veinte años hace de la carrera monopolizada por Tony Rominger y Alex Zulle. Dos suizos, sí, pero enrolados en sendos equipos de la casa. El primero corría por la Central Lechera Asturiana, el CLAS. El otro por la Organización Nacional de Ciegos, la ONCE, vamos. Era la penúltima Vuelta a España en el mes de abril, esa que se corría al capricho del viento, lluvia y frío. Una carrera marcada a fuego en el alma de los ateridos ciclistas.

Alex Zulle era entonces un aprendiz con maneras de maestro. Recién había despertado del anonimato que ya había vestido el maillot amarillo del Tour. Tony Rominger defendía la corona conquistada muy al final un año antes frente a Jesús Montoya. Ambos trenes suizos chocaron. Zulle golpeó primero con un arranque portentoso certificado en una cronoescalada de dos partes a Navacerrada donde parecía poner sello a su triunfo final. Pero esto del ciclismo da muchas vueltas y Rominger se puso a ello. Inició una reconquista que culminó en la Demanda.

El duelo estaba servido. En la Vuelta que conmemoraba el año Xacobeo, el final lo ponía Santiago de Compostela con una crono que favorecía a Zulle. A Rominger, amarillo en la espalda, le convenía, le urgía atacar y vio el momento en el descenso de La Cobertoria.

Zulle trazaba con dificultad en medio de la niebla y lluvia, Rominger, sabedor, se lanzó. Aquello era la muerte o la Vuelta y salió lo segundo, enganchó por delante a Iñaki Gastón e hicieron camino hasta El Naranco. En la cima, ante el delirio asturiano por ver triunfar al líder del equipo de casa, Rominger ganaba pero no sentenciaba como se pudo ver en la crono final, sí en la mentada de Santiago, en la que Zulle puso la última gota de emoción.

En estos tiempos en los que se debate esperar o no, conviene recordar aquella gesta de Rominger como el signo de lo que es la competición, algo así como un “maricón el último”.

Foto tomada de PezCyclingNews

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