Con Rasmussen, cae un profesional de la mentira

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La trampa y la mentira, argucias varias, y variadas, cincelan profesionales de las mismas. Personas que las tejen con cuidado y tesón, poniendo su mejor mimo y aporte personal. Una vez construida la falacia giran sobre ella, la retuercen y exprimen. Se proponen mantenerse a flote hasta que el cerco es insostenible. Cuando la evidencia les abruma sonríen, dijeron estar confundidos y muestran cierto alivio. “Ya no tendré que mentir más”, acaban manejando.

Bueno. Bien. Esta historia nos la conocemos. Asistimos a diario a una hilaridad tal que el torniquete de la realidad lo emerge todo. Empreñarse es cierta utopía. La posibilidad de cambio y enmienda no cabe. Miren por ejemplo el calvo danés con pinta de chorizo llamado Michael Rasmussen. Ciertamente patético. Un servidor creyó en la terrible injusticia que le estaban infringiendo y al final él resultó la cuña de la misma. Tuvo a bien cargar con una injusticia que se ganó por mentiroso compulsivo.

Saben que la obra más gruesa que Cultura Ciclista ubicó en su primer catálogo de publicaciones fue una tesis sobre el caso Rasmussen y todo lo que rodeó su expulsión del Tour de 2007. La obra es densa. Sus conclusiones indignan, en parte. El autor hace suyo el caso Rasmussen y sinceramente no queda muy bien parado por el propio protagonista de la obra. Digamos que el acusado desacredita a su abogado. Cómo de bien le vendería la moto Rasmussen al señor Moller, autor de la obra.

Sin embargo quedarnos en la corteza del hecho es injusto. Michael Rasmussen fue crucificado de forma vil y perversa por un rodillo llamado sistema que destripa a capricho. Al final de la historia, viendo algunas de las documentaciones que aporta el autor se despacha que Rasmussen pagó los platos rotos de no sabemos quién y sin adivinar porqué. Pues que Rasmussen no era trigo limpio estaba claro, pero acaso pensábamos que los que le rodeaban en el equipo y rivales estaban ajenos al sistema. Obviamente no. ¿Por qué entonces se cargó contra él y se omitió otra purrela?

Quizá en esencia ahí debamos encontrar la utilidad de la enconada defensa de Moller y sus elucubraciones a su alrededor. Ahora bien, toda esta coartada urdida bajo los pies del exciclista carece de sentido alguno cuando éste admite haberse metido en el cuerpo poco menos que la “marmita” donde cayó Obélix. No hubo vena de Rasmussen que no sondearan los algodones del dopaje y él lo negó, lo negó y lo negó. Ahora su rostro es la cara de un nuevo escándalo en el ciclismo.

Y es ahí donde volvemos al principio. Michael Rasmussen ha sido un mentiroso profesional, pues ha hecho del hurto el eje de su vida. Ello quiere decir que vivió una mentira tan instalada que la defendió como si de una verdad se tratara. Exactamente igual que Lance Armstrong, que nuestros políticos, que los muchos estafadores que pululan por este bendito mundo.

Cuando el acoso y la evidencia son abrumadores entonces sollozan y dicen querer cambiar. Buah. Pobres chavales los que en años venideros caigan en manos de este pro del mamoneo. Pobres por que sabrán que en el fondo nada cambia, que como Iñaki Pardo vino a decir hace unos días en este cuaderno: rodeamos, movemos y aireamos para que en definitiva nada cambie.

 

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