Córcega también existe #TourTime

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Con el bus del Orica sembrando la incertidumbre en el arco de meta de la llegada, en un golpe a la excelencia que rodea la carrera, Marcel Kittel inauguró el casillero en un sprint enrarecido por una caída que acabó de redondear un final de etapa sencillamente dantesco, más  tratándose de la puesta de largo de la carrera. Y es que nada mejor que un desenlace como el de hoy para retratar las tonterías que en ocasiones escribimos, como la pieza en la que un servidor confundió la primera con la segunda etapa en terreno corso.

Lo que resulta seguro es que el Tour de Francia es la perla, el ángulo, sobre el cual el ciclismo mantiene su halo. No sé cuántos millones de espectadores oí el otro día que tiene todo este tinglado. Como evento de periodicidad anual no tiene excesivos rivales, si bien sus máximos exponentes, Mundial de fútbol y Juegos Olímpicos, no le quedan lejos. Y de ello se ha beneficiado este rincón olvidado de la “patrie”. Hasta Google le honró.

En esta primera etapa, la carrera trazó casi toda la costa oriental de Córcega, esa isla que es Francia a efectos geográficos, pero que ha tardado cien ediciones en estar en el itinerario de la Grande Boucle.  Una producción perfecta, de la que en España no quieren ni saber, ha invitado a más de uno pasar sus días de asueto en la ínsula.

No sabemos si por los efluvios envolventes del Mediterráneo o por otro motivo, hoy sí que podríamos acuñar una expresión: “Correr a lo corso”, que viene a ser esa manera de correr a tirones sin motivo aparente, en un pacto no escrito pero unísono donde dos, tres o cuatro equipo se ponen a tirar como alma que lleva el diablo. Hoy pasó en alguna ocasión e incluso a los Sky les pilló desprevenidos en un vago intento de alimentar la ilusión de que ésta no sea una carrera que les resulte un monólogo.

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