Cuando el Tour es la excusa para la siesta

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Sinceramente siempre ha sido igual, al menos desde que la memoria me alcanza. La primera semana del Tour es lo más parecido a un paseo turístico por las rutas francesas con la única tensión de ver qué favorito se descarta. Un sesteo a uno y otro lado de la pantalla que compromete a los narradores, a ver qué cuentan, entumece al espectador y merma de forma invisible las fuerzas de unos ciclistas que van con los dedos cruzados para evitar el mal fario. Siempre hay más que perder que no ganar.

La etapa que hoy ha recorrido la Camarga no ha tenido más historia que el vía crucis saldado con abandono del excampeón galo Nacer Bouhanni y el costalazo de Mark Cavendish que obligó a su compañero Silvain Chavanel a recrear aquella infumable escena donde Fabian Cancellara pedía parar el ritmo para que los compañeros caídos volvieran al seno del pelotón.

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Al menos nunca le podrán reprochar a Greipel ganar aprovechando el tortazo de Cavendish. Pero lo que son las cosas, una vez más a Janez Brajkovic nadie le esperó. El esloveno como siempre besa el suelo. Tiene en el ADN las caídas, casi tantas como éxitos ha cuajado. Cuántas carreras ha perdido por besar el suelo y en cuántas su prometedora juventud no dio lo que de él se esperaba.

Con todo la conclusión que prevalece es que al Tour que la gente se aburra supinamente se la trae al pairo. La carrera designada por ASO marca sus tempos sin necesidad de variar lo más mínimo el guión. Esto no es la Vuelta a España en la búsqueda de la cota imposible o el Giro sondeando caminos sin asfaltar. El patrón es el que es y la ruta se siembra de aficionados de todo pelaje que recogen el premio de la caravana publicitaria –gorrita, llavero y otras chuminadas- y luego, si eso, ve pasar a 180 tíos a ritmo centelleante, porque a pesar del esoterismo y magia que queramos verle, el Tour en Francia es eso: opio para el pueblo.

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