Cuando tu maillot te puede hacer diferente

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Hoy vivimos la 75 edición de la Flecha Valona, una semiclásica, entre Amstel y Lieja, que celebra su redonda edición entre dimesydiretes sobre su final y la conveniencia de ubicar la meta en el murete de Huy tras un kilómetro de demenciales porcentajes.
La hermana pequeña de la Doyenne es un ejemplo de estandarización del ejercicio ciclista. Su tenedor es la ASO, la misma compañía que trabaja en un calendario paralelo al de la UCI con participaciones y poder decisorio en grandes pruebas como Vuelta, París- Niza y Dauphiné mientras riega con mimo nuevos mercados (Omán y Qatar) y mete la patita en otros emergentes, dígase California.
Nada nuevo bajo el sol. El ciclismo tiende a homogeneizarse. A hacerse uno. Un ejemplo tangible lo tenemos en el maillot de líder de las vueltas. Hoy el amigo Luis Román señalaba en twitter que la Vuelta a Asturias sacará un maillot de líder con los colores de la bandera del Principado. Tremendo acierto. Con los años hemos perdido la batalla de los colores del maillot de líder. Algunas vueltas de la tradición de París- Niza y Romandía renunciaron al blanco y verde chillón, respectivamente, por el color por antonomasia del triunfo en el ciclismo: el amarillo. Otras siguieron caminos similares.
Con todos los respetos, creo que teñirse de tal color es renunciar a la tradición implícita a cada carrera, sobretodo si sus raíces tuvieron colores diferentes. Muy pocas sacan la cabeza en tal marea. El blanco de resonancia andalusí de la Volta es ejemplo de respeto por los anales. Burgos mantiene su “morado”. Otras juegan a la paleta cromática, como la Vuelta a España con rojos en un principio, naranjas en otros tiempos, amarillos, dorados y de nuevo rojo. En CyL también hemos visto cambios con dudoso efectismo en el caso del gris.
Jugar a ser diferentes no puede ser malo. Ver a largo plazo es recomendable, aunque el cortoplacismo imponga su ritmo. 

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