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Desmontando un diablo llamado (anti) dopaje

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Desmontando un diablo llamado (anti) dopaje

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Con esto está todo dicho: “El deporte de élite no es en esencia bueno; al contrario, es en esencia bello. En este punto adquiere sentido la distinción entre deporte de élite y deporte de masas. El deporte de élite empieza en el momento en que el deporte deja de ser un medio y se convierte en un fin en sí mismo. Llega a ser una cosa cercana a una obsesión para el deportista, y el principal ingrediente de su vida: se convierte en algo cercano a un arte”.

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Una de las cuatro obras con las que Cultura Ciclista se ha echado a monte, “Un diablo llamado dopaje”, es fruto del minucioso trabajo del catedrático danés Verner Moller, convirtiéndose en un alegato de las contradicciones que existen alrededor del dopaje y en la lucha sobre el mismo.

El tejido argumental del sistema creado, y honrado dinerariamente, en la lucha contra esta lacra carece de sentido sólido en muchas de sus afirmaciones y creencias. Una por una, esas premisas que mueven a los puritanos del deporte, caen por el peso de la argumentación de este teórico nórdico que, abrumado por las brasas del escándalo del Tour del 1998 y el creciente cerco sobre Bjarne Rijs, ahondó en terrenos pantanosos. Moller incluso quiso entrar hasta en las raíces filosóficas y morales del problema.

Llama por eso nuestra atención un panorama extremo, que ya el otro día describimos someramente. Situándose en una utopía de dopaje libre e irrefrenable, el autor describe situaciones casi juglarescas con el concurso de contendientes deformados por la obsesión del rendimiento máximo como escenario último. Para Moller incluso entonces la pasión del respetable seguiría intacta. Y no le faltaría razón. Ello nos lleva a acordarnos de que en la corte española el siglo XVII gustaban de enanos y otras criaturas deformes para el recreo de los reyezuelos que dinamitaban el futuro de unos súbditos que también gozaban frente a esas singulares criaturas. Si el dopaje, con la ciencia a la proa, desembarcara a pleno pulmón, posiblemente el futuro sería como el descrito.

Por medio, no obstante, en un terreno más mundano, Moller desmadeja todo el ideario antidopaje, recordando que el deporte, como rezaba el entrecomillado primero, es malo cuando es competitivo. Y partiendo de la confrontación como modo de medir capacidades y base de toda actividad, la razón del antidopaje es endeble. Otra cosa es que en pos de ese estandarte, organismos, agencias y entes de pelaje variado vivan y justifiquen sus subvenciones y demás prebendas.

Con todo, una obra creíble, por lo labrado de sus conclusiones, y útil para saber qué mueve en verdad esa tan loable causa que es la lucha contra el dopaje.

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