El día que Dumolin nos recordó a Miguelón

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Dumolin gana en Oropa

Hay jornadas que por mucho tiempo que pasen siempre siguen a flote en el mar de memoria. Suelen ser días inesperadamente importantes, días que marcan un punto de inflexión, que tuercen la percepción que tenemos sobre un gran nombre, sobre un ciclista mayúsculo, y en este caso hablamos de Tom Dumolin y de una etapa, concreta, marcada sobre el mapa, en el norte de la bota itálica, en una esquina del Piamonte, allá en Oropa.

El primer tramo del Giro 2017 fue, para que engañarnos, decepcionante. Prendados de la edición anterior, de la excelencia de Nibali remontando a Chaves, de grandes y frecuentes emociones, nos vimos ante una carrera anestesiada hasta que Blockhaus y crono sacudieron la moral de la afición y los favoritos.

Oropa era el primer día importante después de la tremenda exhibición de Tom Dumolin en el noble ejercicio de la lucha contra las manecillas del reloj. Oropa se tenía por el lugar donde Nairo Quintana empezaría a poner las cosas en su sitio. Contundente, el colombiano había dado fuerte en los Apeninos, pero se le esperaba más fuerte aún en los Alpes.

Nairo hizo el trabajo, puso el bloque azul a currar desde abajo, como ese Mecair de Moreno Argentin a favor de Piotr Ugrumov y contra Miguel Indurain, para remachar a media subida. Fue un momento, un espejismo, Nairo abrió hueco rápido, pero esa curva de rendimiento mostraba fatiga, la tendencia perdía vigor, hasta que se estancó.

Poco a poco emerge del grupo un ciclista grande, rosado, poderoso, brazos angulados, leve contorneo de homboos, que recorta la distancia. El gráfico, la diferencia de Nairo, ya no miraba hacia arriba, empezaba a decaer. Tom Dumolin, el día que nos recordó a Indurain, recobraba el aliento, tiraba de los perseguidores y devolvía Nairo a la panza del grupo.

En el sitio que Indurain sufrió, Dumolin le dio la vuelta a las cosas. En la coronilla de la subida que parte de Biella, el holandés quiere más, un golpe de mano, acelera, supera a Landa, hace sufrir a Zakarin, descuelga a Nairo. Al final de la recta, con la basílica a la vista acelera, se va y gana, de rosa, dando el golpe de efecto que le sitúa, ahora sí, como aspirante a ganar el Giro.

“No te emociones, queda el Stelvio y varios puertos por encima de los 2000 metros, queda mucha subida, no han empezado la montaña de verdad… queda un mundo” me dijeron por privado, y no era un cualquiera, sabía de lo que hablaba.

Pero Dumolin aguantó todo, hasta un inoportuno apretón en el pie del Stelvio. Su Giro dio la medida de un corredor que ofende a algunos cuando se le compara con Indurain, aunque sobre el papel se parecen mucho. Me gustaría ver qué sería capaz de hacer el holandés con recorridos como los que tenía Miguel.

Imagen tomada de FB de Giro d´ Italia

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