Dijeron que la bicicleta había muerto

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¡Ay! ¡Pasó la edad de oro del velocípedo! ¡Llegó tan rápidamente a su apogeo, y hoy está en periodo de la decadencia y de la muerte! Los elegantes, que el año pasado teína cada cual el suyo, se apresuran a venderlos o a regalarlos a sus criados. Estos son los que aun se sirven de ellos para las expediciones lejanas; para ir desde los barrios céntricos a los de Salamanca y Argüelles; para llegar quizás algún domingo hasta Chamberí o Carabanchel. Ningún fashonable que se respete se atreverá ya a presentarse en los sitios públicos sobre ese objeto que tiempos atrás era considerado como indispensable. Nació, corrió, murió el velocípedo. ¡Séale la tierra leve!

Así se expresaba la revista La Época el 25 de enero de 1871 en un extracto que el libro “Historia de una carrera: Salamanca-Madrid” que La Biciteca ha sacado, dentro de su colección de “Libros de maillot”, otra de esas cosas que se le ocurren a Manu con la pasión y conocimiento que pone a todo lo que le “toca” la bicicleta.

1Lo cierto es que con el pretexto de acabar este libro, nos ha venido a la cabeza las no pocas piezas que hemos leído sobre la prehistoria de la bicicleta en España y sus ciudades y los problemas que se generaban del encaje de ésta en el paisaje de ciudades y villas.

Visto ahora, por suerte, lo que dijo La Época fue precipitado y vedado a la realidad de un invento que siguió creciendo paulatinamente, aunque siempre con la tara de lo que pasaba aquí era el eco de lo que había sucedido más allá de los Pirineos años antes.

Francia era entonces, y en los años sucesivos, el auténtico piloto de la normalización de la bicicleta en Europa, con carreras que nacían como la París-Brest o la Burdeos-París con inscripciones que multiplicaban por mucho lo que concurría en España. Al año siguiente de la efímera Salamanca- Madrid, que ganara el ídolo de entonces, Julián Lozano, se cumplió la primera edición de una carrera llamada París-Roubaix.

La irrupción de la bicicleta por el Paseo del Prado causó incredulidad:

Jinetes eran los fantasmas, montados al parecer en la caña de una escoba. o en el esqueleto de un galgo o en un cuerpo impalpable,… Después de un ejercicio prolongado, se intentaron por las calles con la misma velocidad y produciendo un ruido monótono y extraño” comentó La España en septiembre de 1868.

Toda esa extrañeza, esas inverosímiles personas montados en un caballo de hierro, no era más que la forma de plasmar los complejos inicios de la bicicleta en una sociedad que originó la actual. Leer historias de aquellos años es realmente gráfico: con mujeres sobresaltadas por ciclistas doblando las esquinas, con los serenos haciéndose a lado,… esas historias son deliciosas y hay bibliografía ingente, muy recomendable porque como diría aquel, estamos casi igual que entonces, pero ciento y pico años más viejos.