Este Tour no admite discusión

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Cien Tours y a los ingleses les han caído en gracia ganar las ediciones 99 y 100. Cuando Team Sky amanecía en 2010, incluso antes, en los momentos que Dave Brailsford miraba la caravana del Tour fluir por la ruta, tacharon de loco al ideólogo de todo esto cuando le oían decir que era posible ganar un Tour de Francia con un ciclista nato en una tierra tan hostil para el ciclismo de carretera como siempre lo habían sido las islas.

Sin embargo los hijos de la reina ya tienen dos maillots jaunes que llevarles al corazón del Imperio. Dos hijos que no nacidos en Gran Bretaña, sea dicho, pues si estos días hablamos de las raíces africanas de Chris Froome, las de Brad Wiggins son flamencas, de Gante. Hasta en esto lo hacen diferentes los británicos.

No cabe por eso matices ni contrastes en lo que hemos visto estas tres semanas. Froome llegó alimentado por dos podios en dos grandes, una temporada sin tacha y un equipo fuerte como pocas veces se apreció en el pelotón. El corredor nacido en Kenia enfocó el Tour al más puro borrador anglosajón, un manual de estilo que recomienda golpear primero, muy duro, lo que dé el tiro, y luego dejarte llevar entre los rivales por que estos estarán ocupados en el reparto del podio, de los maillots y etapas. Es decir, coge el premio gordo y deja que los demás procuren los secundarios.

Está claro que Froome fue de los favoritos quien mejor llegó a la salida corsa de este Tour y ello implica que ahora mismo no sea el hombre más fuerte de la carrera. Su golpeo en Ax 3 Domaines certificó las sensaciones que vino demostrando desde que ganara el Tour de Oman en enero. Su poderío, con culmen en el Ventoux, empezó a menguar en la tercera semana, pero para entonces, como marcan los cánones Purito, Nairo, Contador y Kreuziger en el plano individual y Movistar y Saxo, en el colectivo, estaban empeñados en esos premios secundarios aunque apetecibles.

Leyendo en L´ Equipe la intrahistoria de Froome se percata uno de esa potencia no controlada que si no explotara con tanto margen sobre la concurrencia le jugaría una muy mala pasada. Froome tuvo un preparador en Sudáfrica llamado Robbie Nilsen que quedó impresionado por el mino y cuidado en los detalles que el corredor procuraba desde siempre –al más puro estilo de la doctrina de las ganancias marginales de Sky- al tiempo que daba rienda suelta a la pasión vistiendo faldas y otros enseres keniatas que le enraizaban con sus orígenes tan lejos de casa.

Es por ello, como el propio preparador cuenta, que Froome encandila más allá de sus errores en la carretera. Él esa así, simple y llanamente, sin ungüentos ni tapices. Incluso en un momento sentimentalmente complicado, como fue aquel de 2008 cuando se puso al amparo del Reino Unido por que la federación keniata no le daba los instrumentos que necesitaba para seguir progresando, no perdió la sonrisa ni el sentido de lo importante. Froome vive la vida con un agradecido semblante de felicidad y gratitud y quizá por ello haya encontrado mucho más de lo que en un principio podía prever. Ahora si le dejan tranquilo, se le da veracidad a los controles, pasaportes y demás trámites que certifican que iba como no tenía que ir, quizá hasta tengamos un campeón para varios años.

Foto tomada de www.skysports.com

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