El ciclista que le dijo no a los nazis

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Albert era un culo inquieto. A los 16 años, en la Alemania resultante de las sangrantes heridas de la Gran Guerra y la humillación, también llamada pacto, de Versalles, empezó a competir. Su padre quería que hiciera cosas de provecho. Él en cambio quería partirse la cara sobre una bicicleta. Lo  hizo a escondidas y se rompió la clavícula. Aquello le valió un broncazo.

Estos días se cumplen cifras redondas respecto al horrendo acontecimiento que fue la Segunda Guerra Mundial. Hace ya ochenta años que los nazis accedieron al poder alemán, activando de esta manera la tragedia que estaba por venir. Hace setenta se culminó por estas fechas la batalla de Stalingrado, ese baluarte que cayó en manos de los rusos tras dejar más de dos millones de víctimas en el camino para torcer el sentido de la guerra.

En su amparo del poder, los nazis divulgaron las bondades del régimen a través de sus deportistas. Curiosamente, siendo un rodillo totalitario donde el individuo se aplastaba, el régimen tomaba talentos para decir que la Virtud era una de las cualidades en la pureza de la esvástica. Albert Richter fue uno de esos deportistas que el nacionalsocialismo quiso exhibir como el águila que sostenía la esfera terrestre.

Pero Richter, nacido en Colonia en 1912, fue diferente. Afamado pistard en París en los años treinta, su consideración de rutilante estrella justo cuando el nacionalsocialismo movía los resortes del poder absoluto, le llevaron a ser solicitado por los círculos hitlerianos. Albert no cayó en la complacencia. El ganaba para Alemania, la de siempre, la del esfuerzo prusiano y la grandeza de Bismark, no para la esvástica. Omitió la nueva bandera en sus participaciones internacionales, miró para otro lado cuando le convenían el saludo marcial. No quiso hacerlo por ejemplo durante los Juegos Olimpicos de Berlín en 1936. Incluso el hombre clave en su proyección, el judío Ernst Berliner, siguió ejerciendo de mánager.

Pero la solidez de principios tiene factura, y la suya se saldó con nada menos con su vida. En 1940, en el entorno de una Alemania embriagada por las conquistas del este, el poder constituido no olvidó las afrentas. La nota tildaba de suicidio su muerte. “No podía convivir con tal culpa” rezaba el parte. Pero el modus con los años fue deducido. La Gestapo hizo un trabajito fino. Le capturó dirección Suiza. Huía con dinero para un amigo judío. Un total de 12.700 marcos que inflaban sus neumáticos. Llevado a Lörrach falleció dicen que suicidado. Su amigo Berliner quiso saber más. Nunca supo los motivos. Hoy Colonia le recuerda con el Velódromo Albert Richter.