Dumolin dibuja el límite

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Llevo unos cuantos años viendo ciclismo, apreciando lo bueno, distinguiendo lo que me gusta. Ver un tipo sobre una bicicleta, acoplado a una máquina, rodar al unísono es un placer, un deleite y motivo de admiración. Rodar, burlar el tiempo, la tiranía del reloj, avanzar… tíos con clase hemos visto un puñado, pero si me obligaseis a escoger, me quedaría con Tom Dumolin.

Al neerlandés todos le comparan con Miguel Indurain, tiene semblanzas, qué duda cabe, pero a éste le ha tocado una época muy jodida, mucho peor que para el navarro, le ha tocado convivir entre escaladores finos, pequeños, auténticos rodillos cuesta arriba. Y le ha tocado ganarse los cuartos en una época en que la montaña ha retomado el escenario con grandeza y casi desplazando los test cronometrados.

Sin embargo, la historia, circular ella, vuelve a los orígenes a veces, y repite lo que un día experimentó. Cuando presentaron este Giro nos percatamos de la crono que salía de Foligno, del corazón de la Umbria, como elemento diferencial en el recorrido del #Giro100, pues situada en pleno ecuador de la carrera, tras la jornada de descanso, la resaca del Blockhaus y el penoso vagar hacia los Alpes, nos parecía una pieza clave en el engranaje de esta carrera que se pone emocionantísima.

Qué bien le hace una buena crono a una carrera, una buena crono de unos 40 kilómetros, que obligue a rodar, a sacar potencia y mostrar dotes, pero que también juegue a romper la cabeza del ciclista, a jugar con desarrollos, a trazar con inteligencia –menuda mediana sobre el kilómetro diez, por cierto, criminal es poco-.

Qué bien le hace una buena crono a una grande, un acto que obligue a ser imaginativo, a ver más allá de muros y subidas imposibles ideadas por necios que creen que en su repetición está el grial del ciclismo. Una crono así pone las cosas en su sitio, alinea el espectáculo a la emoción y sitúa a límite a muchos nombres importantes.

Dumolin, lo habéis visto, poco añadiré, lo ha bordado, con ese estilo en el que parece que la clase pedalea por él y la fortuna le sonríe porque no le queda otra que sonreírle. El gigantón holandés tiene lecciones aprendidas, de la Vuelta que perdió por ese tramo entre puertos en la Sierra Madrileña o de la preparación insuficiente que le llevó al pasado Giro, porque pensaba en los Juegos. Dos cosas cuelgan en su debe: el día malo que todos le vaticinan y un equipo que no tiene su mejor resorte, Kelderman.

Pero este Tom piensa ahora en el Giro, sólo y exclusivamente en el Giro, tiene piernas y forma, y cabrá ir a la contra si se le quiere quitar de ahí. No sé si Nairo contaba con el varapalo de la crono, pero haría bien el colombiano si valorara las dos últimas grandes cronos que ha realizado. La del año pasado en la Vuelta casi le deja sin aliento ante Froome y no perdió la carrera porque Contador le hizo un gran servicio en Formigal, mucho más que ese equipo al que siempre agradece lo primero su entrega. Esta vez Dumolin le ha quitado las pegatinas y le pone en una situación límite, en la tesitura de tener que atacar varias veces y gastar cartuchos que seguro cada noche mide sobre el edredón con la vista puesta en el Tour.

Nairo se la tiene que jugar, queda otra crono de Monza a Milán cual encefalograma plano, pero también los que tiene en el lapso de los menos tres minutos, y en especial Nibali, quien quizá no gane, pero que quizá decida quién calza la maglia en Milán. Por ahí están también Pinot, imprevisible, y Mollema, quien ya acuña el discurso del “puesto en la general”.

Más allá el vacío, nos gustaría ver que el Team Sky es capaz de voltear situaciones tan adeversas como las que se les ha dibujado, Geraint está rayando la excelencia, y que los Orica se sequen los lamentos de las motos y el Movistar y se pongan a jugar sobre la pizarra.

Hay Giro y lo que queda será apasionante.

Imagen tomada del FB del Giro de Italia

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