El alcance de la crisis del ciclismo español

0
1
vistas

Recordarán los más veteranos seguidores de este espacio una época oscura en el ciclismo español. Fue el tránsito de la década de los setenta hacia la siguiente. Aquello fue un tobogán de fina pendiente pero lubricado descenso hacia el peor momento de nuestro ciclismo en muchos años. Los nuestros desaparecieron del Tour de Francia, donde España pasó a ser un elemento exótico, incluso más que los incipientes australianos que ya tomaban parte en la grande de la temporada.

La década de los setenta había sido fecunda para el ciclismo patrio, pero el árbol se secó un tiempo. En ese lapso de tiempo tuvimos a Miguel Mari Lasa, Josep Pesarrodona, Alberto Fernández y otros predicadores en el desierto del resultadismo con el que siempre se mide el alcance de las épocas. Años tristes también para la Vuelta a España que cerraba su íntimo transitar por el País Vasco, echada como una extraña con barricadas en el asfalto y soflamas políticas en la cuneta.

Un panorama gris, desolador si lo quieren. Dirían los caballeros neerlandeses “a estos españoles les quedan grandes la armaduras de sus antepasados”. Los tiempos de la raza y la furia, tan hispanos dotes, se encogieron y empequeñecieron a la par que Francia disfrutaba en plenitud de su nuevo y gran campeón, Bernard Hinault. Sin embargo en esa época se cocía lo que con tiempo daría lugar a la estructura más gloriosa de nuestro ciclismo, la que arrancó Reynolds y siguieron Banesto, Illes Balears, Caisse d´ Epargne y hoy Movistar.

Treinta años de esas andanzas y las cosas empiezan a recordar a esa época. No porque los resultados sean pingües, los nuestros encabezan todos los rankings a nivel país fruto de una serie de individualidades como pocas veces hemos gozado. Ello, no obstante, nos impide ver la raíz de las cosas, y éstas, por mucho que no queramos creerlo, son asimétricas. La opulencia y éxito que acompaña las altas esferas de nuestro ciclismo son deterioro y mala vida en las inferiores.

Un deporte, como todo en la vida, se debe organizar de abajo arriba. Entonces emprenden un círculo virtuoso, donde todos y cada uno de los actores, caminan en bloque. Así se puede adivinar un futuro más o menos halagüeño. Cuando en cambio, las cosas se tuercen, cuesta sacarlas adelante y lo que se anuncia es aún peor, mucho nos tememos estar dando pasos en la dirección equivocada.

La actual generación de ciclistas que ha aupado a España a donde está no es eterna y tiene fecha de caducidad. Lo que viene por detrás, aunque bueno, no se le aproxima. El ciclismo español ha vivido sus mejores años en cuanto a resultados y el sustrato está incluso peor de lo que estaba. Se ha dilapidado un periodo donde al calor de los éxitos se podría haber puesto los mimbres del futuro. No se ha hecho. ¿Cortoplacismo quizá? No lo sé. Sólo argumentar que los ingleses en su momento hicieron esto que estamos reclamando, y miren ahora por dónde ruedan.

Deja un comentario