Alpe d´ Huez es el teatro más grande del mundo

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No sabía que había ido a caer tan cerca de él. Había llegado de noche, prácticamente a oscuras y nada me pareció indicar que pudiera estar justo a su lado. El destino me llevó a alojarme en el camping “La Cascade”, a escasos cincuenta metros del inicio de la subida al Alpe-d’Huez, el mítico alto con sus famosos 21 “lacets”. A la mañana siguiente, sin perder mucho tiempo en pensármelo dos veces, salí con mi bici disparado. Aún me pude contener y resistirme a empezar la escalada directamente, así a balón parado, pero no era cuestión, mejor dar una vuelta de reconocimiento por el bello pueblo de Le Bourg-d’Oisans y calentar un poco.

Casi sin darme cuenta me salí de la población y pensé que ya era suficiente. Tenía muchas ganas de encararlo definitivamente. Sin embargo, mientras me dirigía de nuevo hacia el camping tuve que parar de inmediato: no daba crédito a lo que estaban viendo mis ojos. Desde el punto de la carretera donde yo estaba se contemplaba con total nitidez toda la escalada completa a la muralla d’Oisans.

Estuve un buen rato deleitándome con la visión de las 21 curvas de felicidad que serpenteaban en la montaña, en las que se adivinaba la dureza de aquellas rampas. El Alpe se mostraba como un gran teatro al aire libre, a cielo abierto, donde el espectáculo no se escondía, estaba ahí mismo, delante de mí, como la Gran Catedral del Ciclismo.

Me fui por fin para arriba con decisión a enfrentarme al mito, a cuerpo descubierto, solos él y yo. Eché mano de todo lo que llevaba -un 39×27-, pensando que igual no sería suficiente, porque atacando la primera rampa me impresionó su dureza y pensé que como todo el puerto fuera igual con seguridad me quedaría en el intento.

Llegué justo hasta la curva 21 y allí sentí un pequeño alivio. Continué con la escalada, regulando y yendo tranquilo, y pude coronarlo sin excesivos agobios, recuperando en cada una de sus curvas. Una entretenida subida porque el puerto era muy divertido. Además, cuando lo ascendí, aún se podía contemplar la hermosura del paisaje nevado de los Alpes. Una vez arriba pensé que quizás no había sido para tanto y me desmitifiqué algo a mí mismo este mito. Pero no nos engañemos, el Alpe es duro, muy duro, pero cualquier cicloturista medianamente entrenado puede subirlo sin problemas.

Sus 14 km de pendiente y sus 21 curvas fueron todo un descubrimiento para la Grand Boucle en el año 1952 que  apostó por él como final de etapa, algo inédito hasta aquel momento, convirtiéndose además en la primera ascensión mediática de la televisión: una cámara grabó los 45 minutos y 22 segundos que tardó Il Campionissimo en derrotar “la subida al Alpe”, a una media de 18,66 km/h. En L’Équipe quedaron un tanto decepcionados porque una etapa de 266 km se había decidido en tan solo 14. No querían que las carreras acabaran en alto, pero Goddet argumentaba su entusiasmo dando a entender que Coppi estaba muy por encima del resto, demasiado fuerte.

De todas maneras hasta 1976 el Tour no volvió por el Alpe, año en el que definitivamente enamoró a la afición, organización y corredores: la subida tenía magia, los espectadores podían ver a sus ídolos muy de cerca, en cada curva, en cada rampa, en una ascensión que se transformó en toda una liturgia para cientos de miles y miles de seguidores que abarrotaban completamente sus cunetas.

¿Qué teatro tiene semejante capacidad? ¿Cuántos espectadores caben en la subida al Alpe? ¿500 mil? ¿Más? No lo sabemos, pero por todo esto, la que un día llamaron “la montaña de los holandeses”, es única: no es la más dura, ni la más bella, pero es un juez de paz que decide siempre el ganador final del Tour -“quien sale vestido de amarillo del Alpe d’Huez lo conserva hasta París”- dice la tradición popular.

Por Jordi Escrihuela 

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