El anillo de Arcalís

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Llevo casi dos horas de escalada. Trazando curva tras curva voy dejando el valle atrás. Impresionantes paellas. Vistas magníficas. De vez en cuando, mientras giro en su dirección, ya lo voy viendo. Poco a poco, a medida que me voy acercando, da la sensación de que una gigantesca rueda viene rodando hacia mí montaña abajo. Un efecto sorprendente. Tenía muchas ganas de venir hasta aquí y verlo, de tocarlo, de sentirlo. Lo había visto muchas veces en fotos. Yo quería estar ahí.

Estoy en Andorra, el bello y pequeño país de los Pirineos, ascendiendo el precioso puerto de Ordino-Arcalís. Pedazo “coll”. Más de 20 km de subida ininterrumpida para salvar 1200 metros de desnivel. No está mal. Pero mi ilusión era alcanzar el Anillo. A apenas un kilómetro de finalizar la subida me lo encuentro de frente, majestuoso, magnífico. De cerca impresiona aún más, un gigantesco aro de color rojizo, calculo yo de unos 12 m de diámetro, que se eleva a 2170 m de altura. Ahí está, como si de una puerta estelar se tratara, esperando que alguien la cruce al otro lado.

“El Anillo de Arcalís” es obra del escultor Mauro Staccioli, un italiano nacido en el pueblo toscano de Volterra. Staccioli tiene varias gigantescas esculturas de este tipo repartidas por todo el mundo y, según sus críticos, estas obras nunca dejan indiferente a nadie. Su manera de trabajar es meticulosa y concienzuda. Estudia el terreno y sus características para crear su obra, una escultura que refleje la naturaleza interna del paisaje.

En el caso del Anillo, la Caixa Andorrana de Seguretat Social se lo encargó para celebrar su 25 aniversario en el año 1991. Según su autor, el Anillo representa la alianza entre el arte, el sentido de la vida y el paisaje, y ayuda a descubrir la imagen real, la verdadera perspectiva del entorno en el cual está enclavado. Para Staccioli la finalidad principal del Anillo no es la estética si no lo que intenta es que el espectador, en este caso el ciclista que llega hasta aquí influenciado y atraído por su indudable magnetismo, se interrogue y se haga preguntas, se cuestione el porqué de las cosas.

El Anillo también tiene ese efecto que he comentado, siempre buscado por el autor, que es, según desde la perspectiva que lo observemos, el de una enorme rueda que va girando hacia el espectador. Y a fe que a lo ha conseguido.

Lo que es una lástima es que si nos acercamos veremos cómo ni siquiera aquí una obra de este tipo se libra de las gamberradas. Está llena de pintadas y grafitis.

Si habíais estado por aquí y no sabíais quién era el autor de este gran aro espero haberos despejado la duda. De todas maneras, a pesar de la intención metafísica que nos quiere hacer trasladar el escultor, si lo miramos detenidamente más bien nos podría recordar a una enorme llanta de una bici ¿no os parece?

Por Jordi Escrihuela desde Ziklo, sueños ciclistas

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