El ciclismo se aleja de la gente

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Hoy, en virtud del progreso que experimenta la sociedad en todos los campos, tenemos la facilidad de seguir los acontecimientos con unos recursos a distancia que antes no disponíamos. Desde casa, a través de la pantalla televisiva o la misma radio, nos es muy cómodo vivir de cerca las evoluciones de cualquier competición deportiva. Casi mejor  y con más comodidad que verlo en directo en la misma carretera. Existe algo así como una cuarta dimensión que nos hace ver muy de cerca algunas gestas o hazañas que en otros tiempos nos pasaban desapercibidas.

Tenemos ahora, diríamos, el ciclismo en casa. Por otra parte es admirable el de que hoy los aficionados, e incluso por parte de quiénes no lo son, hace que conozcan mucho más a fondo una faceta que les era desconocida a lo que se llegaba al retroceder a los viejos tiempos. La difusión  informativa bajo esa perspectiva actual tiene un peso específico que antes no teníamos.

El paso fugaz de los ciclistas   

Nos vienen a la memoria estos pensamientos al recordar a aquel ciclismo de antaño que nos tocó vivir muy de cerca y que contaba con escasos medios económicos y publicitarios. Tuvimos la inmensa suerte y la oportunidad de seguir varias competiciones ciclistas a partir de la década de los cincuenta, como consecuencia de nuestra labor periodística. Las gentes apostadas al borde de las carreteras aplaudían frenéticamente el paso de los atletas sufrientes que empujaban con fuerza dándole a los  pedales. Se contemplaba, eso sí, su paso de una manera un tanto fugaz, centelleante, vertiginosa, que contrastaba con una larga y paciente espera por ver a los ciclistas. Era todo aquello un espectáculo rutilante lleno de colorido que transparentaban sendas camisetas enfundadas por los ciclistas.

Los llamados “esforzados de la ruta”

Ahora las tornas han cambiado en bien del deporte ciclista, dado de que hoy lo podemos vislumbrar a través de la pantalla de la  televisión, en donde nos ilustran a lo vivo los esfuerzos, victorias y adversidades  de estos protagonistas a los que se les llama tradicionalmente  los “esforzados de la ruta”. Así fueron bautizados en el año 1924 por el conocido y polifacético escritor francés Albert Londres.

En cierta manera hoy se contempla todo bajo un prisma diferente. Por lo menos si nos centramos exclusivamente en lo que se refiere al deporte de la bicicleta, que pudimos vivir, repetimos, a partir de los años cincuenta. Quizá sienta ahora una escondida nostalgia que me acerca o une a aquel pasado, aquel pasado que juzgamos tan alentador y tan atractivo, tutelado por los grandes héroes del pedal de otros tiempos. Hemos de reconocer y dar paso a la evolución experimentada en esta disciplina de las dos ruedas, gracias al apoyo sustancial recibido por parte de las firmas comerciales y organismos oficiales de toda índole, que han encontrado en estos hombres del pedal un medio propagandístico de gran difusión para la promoción de ciertos productos de la más variada gama y que nos arrastran a su consumo sin contemplaciones. Los ases y su popularidad ejercen un extraño influjo sobre las masas, en este mundo abigarrado y lleno de contrastes, en donde por encima de todo se mueve mucho dinero. Uno tiene la sensación, fieles al afirmarlo, de que se está perdiendo un bastante la cabeza. Se entra en algo así como un laberinto complicado  en  el cuál entran en juego  intereses económicos fabulosos y hasta inauditos.

El ayer de aquellos campeones inolvidables   

Retrocediendo al compás del paso de los tiempos, no dudamos en afirmar que aquel otro ciclismo era indudablemente más espontáneo que el que compartimos hoy. No se hacían valer ni los métodos, ni los cálculos milimétricos, ni otras técnicas más o menos sofisticadas impuestas por los respectivos directores técnicos de los respectivos equipos.

En nuestra aquella época, en nuestros tiempos, pudimos  entablar abierta amistad con campeones inolvidables, tales como Fausto Coppi, Gino Bartali, Louison Bobet, Ferdinand Kubler, Jacques Anquetil, Bernard Hinault, Eddy Merckx y Miguel Induráin, entre varios otros, que se permitían el lujo de dominar la actividad rutera durante casi toda la temporada o parte de ella. Su lema y su voluntad eran de mantenerse en la línea de vanguardia del principio al fin del año en curso. Eran en una palabra más brillantes frente a la consecución de los hechos y con capacidad física más que suficiente para desenvolverse en todos los terrenos sin contar ni mucho menos con los medios de apoyo de los que cuentan hoy en día los ciclistas.

Por  Gerardo  Fuster

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