El ciclismo tiene más papistas que el Papa

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Dos hechos acontecidos esta semana, separados por miles de kilómetros en el mapa y por escasas horas en el tiempo, definen perfectamente el tipo de gente que puebla está mal llamada familia ciclista.

Como bien saben hubo brasas y llamaradas en la gélida etapa de Val Martello. Palabras bizarras, acusaciones gruesas y esas cosas por parte de una colla de managers de ciclismo entre los que se significaron Bjarne Rijs y Patrick Lefevere. Entre las cosas que acordaron a raíz del descenso del Stelvio fue rearbitrar la etapa y restarle tiempo a Nairo Quintana, Pierre Rolland y Ryder Hesjedal por considerar que atacaron  cuando debían pues entendieron, entre tweet y tweet, que la carrera estaba neutralizada. ¿Cuánto tiempo habían estimado los señores? Uno, dos, tres minutos…

Lo que no ocurre en el fútbol y en el tenis se da en contadas y convenidas ocasiones, el ojo de halcón, se pidió tras una etapa preciosa en la que el ciclismo y los ciclistas se mezclaron con gran parte de los elementos que siguen manteniendo vivo a este deporte tan maltratado: sacrificio sin igual, épica, leyenda, paisajes increíbles. Rearbitrar una etapa, por muy ridícula que haya sido la gestión del organizador, hubiera sido un desastre que el comisario de la UCI atajó de inicio dando en la clave cuando aseguró que la moto con la bandera roja poco menos que estaba ahí para hacer bonito pues los jueces no habían dicho nada de neutralizar la carrera.

Ya saben, que la realidad no te estropeé una buena historia. Ni Rigoberto Urán ha querido hacer leña pues sabe que en el descenso del Stelvio no estuvo a la altura. Si tan grave fue lo sucedido no se entiende la permanencia de Saxo, Omega y amiguetes en el pelotón del Giro. Seguro que alguien con sentido y responsabilidad en el tema, posiblemente quienes ponen el dinero en manos de estos gestores, les dijeran que basta de hostias y a competir que esto del ciclismo ya es muy complicado como para andarse con estas tonterías.

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Porque si una cosa es cierta es que el ciclismo es complicado y más cuando sus principales actores se empeñan en liarlo todo un poco más. Fue el caso de Chris Froome, quien ante el apagón tuitero de su novia, se quejó de que los comisarios no le fueran a tomar muestras al Teide, esa cima que comparte con Vincenzo Nibali y Alberto Contador, estos días de mayo. Ya ven, Sergio Ramos, Rafa Nadal y compañía jurando en arameo cada vez que un vampiro les va a ver de madrugada y Froome quiere que le jodan el sueño para un control.

Quizá le hayan contado a Froome esa historia de la mujer del César y que no hay que ser honrado, sino parecerlo, pero es excesivo tanto celo, más cuando mucho me temo que desplazar algún agente a tan lejano lugar no debe ser económico precisamente. No sé, es como si el Team Sky tuviera medida y guión de cada una de las sandeces que suelta uno de sus ciclistas, técnicos o familiares. El equipo de negro, garante de una temporada nefasta donde la única buena noticia es la recuperación de Brad Wiggins justo cuando suena que se marcha al Orica, mantiene la misma retórica y diría que hasta se la impone por contrato a sus ciclistas.

Froome, un tipo que siempre me ha caído bien, debe ser obediente cumplidor de la premisa, pero que no olvide una cosa, se está embarcando en la causa del mismo equipo que hace tres años le quiso dar puerta hasta su increíble actuación en la Vuelta. Con estos comentarios Froome no hace precisamente amigos, y ello pesará si un día quiere buscarse el pan fuera del equipo de Brailsford.

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