El final feliz

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Corre cierta euforia, totalmente justificada a mi juicio, sobre la belleza del Giro. Dicen las redes, personas individuales que crean opiniones colectivas, que no hay día que no pase nada, que no hay jornada sin emoción, etapa que no nos deje ojipláticos. Totalmente de acuerdo, insisto, y añado, si a todo eso lo envuelves de ciudades increíbles, arcadas irrepetibles, basílicas de vigías y avenidas que trazaron los maestros barrocos junto a los pedruscos y nieves dolomíticos, tienes el Giro, la carrera más dura en el país más hermoso.

La jornada de Pinerolo era especial porque marcaba el último ciclo de la carrera, la antesala de los Alpes. En medio de la llanura piamontesa, a medio camino entre Turín y Sestriere, la ciudad de Pinerolo, de donde partió la cronoescalada triunfal de Indurain en 1993, tenía la llave de los Alpes, era un antipasto y caso nos ha ofrecido un plato principal.

Tan mal avenidos durante la primavera, y tan centrados en este Giro, los Etixx han dado una lección de correr en equipo, otra más, al estilo de la de Brambilla y Jungels el día que vimos una maglia rosa trabajar para una maglia bianca.

Las comunicaciones, eso que equipos de sello telefónico dicen que a veces no funciona, han sembrado el camino del equipo belga para que un killer con todas las palabras, Matteo Trentin, gane en un desenlace fantástico. “Me dijeron que venía Trentin y dejé de colaborar”. Eso es Brambilla, eso es hacerlo fácil, sencillo, sin complicaciones, ciclismo sin tonterías. Luego, eso sí, había que sufrir, y Trentin lo hizo en el empedrado previo a la meta. Moreno Moser estaba jodido sí o sí.

La victoria de Trentin llega un día después de dos hechos relevantes, que quizá os hayan pasado desapercibidos. El primero en la órbita del propio Etixx, cuyo magnate, Patrick Lefevere ya ha fijado sus ojos en la perla del ciclismo belga, Wout Van Aert, campeón jovencísimo de todo en ciclocross que ganó el prólogo de la Vuelta a Bélgica, algo que no puede pasar desapercibido. Ojo porque tenemos “un Stybar” en ciernes.

El otro hecho es que mientras un ciclocrossman como Van Aert ganaba un prólogo, un pistard, Roger Kluge, como bien me apuntó el seleccionador Salva Meliá, ganaba en otro final antológico del Giro a nada menos que Pozzato de quien pensaábamos que sólo quedaban los tatuajes. Kluge va a ir a Río, estuvo ya en Pekín. Tanto el alemán como el belga demuestran que hay vida más allá de la carretera y que ésta, “manque” les cueste entenderlo a muchos, puede picotear fuera de sus límites porque quien es buen ciclista, puede serlo todos los terrenos.

Imagen tomada del FB del Giro de Italia