El Giro cae en lo absurdo

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El ciclismo es lo que es por una suma de muchas cosas aunque una por encima de todas: sus propios errores. Ayer por ejemplo admitimos el desigual trato que recibieron los dos nuevos números uno del deporte español Rafael Nadal y Purito Rodríguez y entre las causas de tal proceder emerge en parte por el cliché negativo que el propio ciclismo se ha granjeado, sumado a la estrechez de miras de un sistema mediático muy obnubilado en los nombres y no en la esencia del deporte, eso sobre lo que muchos sientan cátedra sin haber derramado una gota de sudor.

Sin embargo el Giro de Italia solito se ha cavado un cerco de incomprensión que en el fondo no necesitaba. Este lunes la carrera que viste de rosa su mejor ciclista presentó el recorrido. Sale desde Irlanda del Norte y aterriza en la bota por el sur. El itinerario, desvelado anteriormente por un diario rival a la Gazzetta dello Sport, es diferente a lo de los años precedentes, quizá menos montaña, más dosificada en un in crescendo que lleva hasta Trieste, como Brescia, capital de segundo rango para acoger el final de la prueba.

Dice el organizador que el Giro suaviza su recorrido para hacer “más humano y creíble” el ganador que resulte de esas tres semanas. Lo curioso es que en el auditorio estaba Vincenzo Nibali quien sorprende no se sintiera aludido por tal afirmación, pero que habría de estar ofendido por considerar su victoria menos creíble al estar vinculada a un recorrido menos humano.

De cualquiera de las maneras un soplo de cordura entró en casa de los gestores de RCS cuando intuyeron que su carrera no estaba premiado el ciclista más completo en trazados que por ejemplo omitían las cronos como Dios manda, esas que se van por encima de los cuarenta kilómetros y ponen un ciclista más completo e íntegro en la lucha por la prueba. Esta vez, al margen de etapas dolomíticas y típicas trampas de fin de etapa, hay un crono, en medio del recorrido, superando la cuarentena en su kilometraje, como dictan los cánones y el sentido común, obedeciendo al mínimo concepto de la equidad.

Por otro lado el Giro frecuentará dos cimas en concreto que reclaman detenerse. La carrera asaltará en la última semana Montecampione y Oropa, dos lugares marcados en la geografía casi religiosa de Marco Pantani. Y es que el de Cesena será figura central y homenajeada en una carrera de la que le echaron y de la que sólo cabe leer su biografía, para saber que muy posiblemente su expulsión en 1999 era algo que se venía tramando hasta que Madonna di Campiglio saltó todo por los aires.

No se puede ser más incoherente. Italia es país de mitos, de credos, de santuarios, pero homenajear de esta manera al corredor que el Giro sacó a empujones hará quince años no es de recibo y menos si el interés crematístico les mueve, pues el Giro es santo y seña en este país y no necesita de estridencias ni lágrimas para movilizar al populacho. Se trata de una edición lacrimógena, sin más, y encima desprovista del hombre que revolucionó el “savoire faire” de la empresa sita en Milán, Michele Acquarone, ahora mismo sepultado en sospechas financieras dentro de la que ha sido su casa estos años. Menudo cuadro.

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