El gran premio de Miguelón

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No le gustaba que le llamaran Miguelón. Iba con su ser sencillo y adusto. Escudriñado por las miradas de medio mundo, no dejaba indiferente a nadie. Miguel Indurain consiguió la unanimidad que otros lograron al revés. Todo el mundo le quiso.

Recuerdo sus accesos al podio del Tour de Francia. En el ensordecedor ambiente internacional de la más grande, accedía al lugar de los elegidos a recoger un día y otro ese premio en forma de prenda amarilla de manga larga porque su ínfimo corpachón no soltaba sudor ni con el calor más pegajoso. Se arrimaba a las autoridades, nunca daba la espalda a nadie, nunca de forma consciente, ni mucho menos ofensiva. Su ser era ubicuo. Acababa de firmar alguna página memorable, Luxemburgo, Lieja, La Pagne,… qué más da. Se dejaba abordar con la mejor de las sencilleces.

Crecimos con el ejemplo de Miguel Indurain. Con su perfil bajo pero noble y consistente. Navarro pero de sobriedad castellana y educación suiza. Luego lo que nos vino nos pareció hasta vulgar: Lance y sus desplantes, miren qué caros le han costado. Ganador de cinco Tour, sí. Alguien cuestiona si pudo hacerlo inmaculadamente pero nada más. Con el americano han ido a saco, al de Villaba le respetan –crucemos los dedos- de momento. Crió afinidad y eso le valió el respeto y consenso que hoy ningún campeón se atreven a soñar.

La semana grande del ciclismo vasco se abre en el Camino, en Estella, en el Gran Premio Miguel Indurain. Den plácet a estos siete días de competición del más alto nivel (Gran Premio Miguel Indurain, Vuelta al País Vasco y Clásica de Primavera) que además incluye el Memorial Valenciaga, esa carrera que quien la ganaba tenía segura su presencia en el profesionalismo hasta Eduard Prades, quien al menos encontró acomodo en Portugal como pista hacia lo que sin duda se merece.

Nosotros esperamos a Miguel en el alto del Puy laureando quien mejor homenaje le haga en la carretera.

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