El homenaje que Miguel Indurain tributó a Barcelona 92

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Hoy he leído una cita realmente estimulante en nuestros tiempos. “Si el pasado fuera bueno se llamaría presente”. Dardo en la diana, sinceramente, me dejó sin más palabras que felicitar a quien la clavó en twitter. Pero hoy nos permitirán irnos dos décadas atrás. Sí, ayer hizo veinte años el Estadi Olímpic de Montjuïc abrió el telón de los XXV Juegos Olímpicos. Una efeméride así es transversal. No hay nada que se mida a la nobleza olímpica, nada. El lamento es que son sólo quince días y separados por cuatro años.

Un servidor hace veinte años bajó al pie de su pequeña casa de la mano de sus papás  a ver pasar el entorchado camino de Montjuïc. Un estrecho pasillo humano adivinaba el itinerario, ahí, en la larga carretera de Sants. Barcelona era un puñado de emociones mal encajadas y menos disimuladas. Los Juegos son algo muy grande, y por ello entiendo que Madrid los quiera acoger, pero no tanto que no sepa ver las limitaciones que los tiempos nos han sobrevenido.

Aquellos días de julio en la Barcelona preolímpica, disfrutábamos con el segundo Tour de Miguel Indurain. El navarro andaba esos días por el Loira y alrededores camino de París y vestido de amarillo. Se habló que fuera el último relevista, para entonces los pros no tenían sitio en el programa olímpico. Decían, atisbo en la lejanía temporal, que sería un crimen poner al navarro a correr los últimos metros de ese relevo una vez llevaba 20 etapas más prólogo del Tour que estaba en vísperas de ganar. Nada menos adecuado para un ciclista retratado por los rigores del esfuerzo más allá de lo recomendable.
Una antes de la tarde que Barcelona chilló un “Hola” en un mosaico del tamaño del verde del olímpico de Montjuïc, Miguel Indurain rubricaba un registro antológico. El récord de la hora en carretera abierta, con sus subidas y bajadas, curvas y contracurvas, entradas y salidas del viento. Más de 52 kilómetros a la hora, antes de que lo abordaran Graeme Obree y Chris Boardman en el privilegiado peraltado de Burdeos. Entre Tours y Blois, dos de las ciudades más monumentales del Loira, Miguel sembró su obra, una entre tantas, pero especial, pues se culminó escasas 24 horas antes de que se incendiara el pebetero barcelonés.  
Si te ha gustado, que espero que sí, algo al menos, dale a alguna de esas pestañas de divertido, interesante,…

1 COMENTARIO

  1. Sinceramente no te imagino agarradito de la mano de tus padres con quince años, más bien te imagino de otra forma…Tengo recuerdos difusos de los Juegos de Barcelona, creo recordar que veia los resumenes de la noche después de que acostaba a mi hija y como siempre sóla.En cuando a que Miguel Indurain no hiciese el último relevo, no creo que le hubiese supuesto ningún problema a un ciclista como él y ahora serían unas imagenes dignas de ver.

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