El Mont Ventoux exige humildad

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“Ojo Ferdi, el Ventoux no es una subida como las otras” le espetó Louison Bobet a Ferdi Kubler, de los dos grandes suizos de los cincuenta, el más brutote y básico. Estamos en 1955. Ferdi Kubler entró, a sus 36 años, a saco en el Mont Ventoux. Como si la vida le fuera en ello, el inconsciente ciclista helvético rodó en vanguardia hasta que, desplomado, se bajó de su máquina y dijo que aquello era demasiado. El embrujo del Ventoux, esa sirena que te ensimisma en la su arbolada base, pero que te envenena con su plomizo aire en sus últimos metros antes de la cima había acabado con uno de los corredores más duros de la época.

El Mont Ventoux fue un descubrimiento intelectual de Petrarca que lo abordó hace menos de 700 años. Imbuido por el paisaje y la singularidad, el humanista toscano redactó una de las primeras cartas que se entendieron como línea de inicio del Renacimiento. Y no fue porque la cima provenzal le pareciera de dimensión humana, pues, a pesar de rozar los 2000 metros, no destaca entre las cumbres más altas de la historia del ciclismo aunque sí en la zona, raramente llana. Ello le ha valido el apodo de “el gigante de la Provenza”.

Pero al margen de sus dimensiones, esa carretera que parte de Bedoin envenena la resistencia de los ciclistas. Quien desafió la cumbre lo pagó. Es un lugar de extremos, que puede registrar 40 grados sobre cero y 30 por debajo. Un sitio despoblado de masa forestal, rocoso y lunar que ha visto mistrales soplar por encima de los 320 kilómetros a la hora.

Por eso el Ventoux exige respeto y sobretodo humildad. No la tuvo Eddy Merckx que se supo mejor. El astro reverenció el memorial a Tom Simpson solo y solo se desvaneció en la cima, donde se le tuvo que aplicar el oxígeno que falta en esas ingratas laderas. No contemos, una vez, más la historia de Tom Simpson, pero sí recreemos la exhibición que Jeff Bernard plantó aquí en 1987 con una cronoescalada para enmarcar corrida tan al límite que le hizo explosionar al día siguiente, justo cuando Pedro Delgado llamaba a las puertas del amarillo.

Pocos han encontrado gratitud de este lugar reserva de la biosfera por una variedad botánica sin igual. Quizá quien mejor pueda hablar del lugar sea una de las leyendas que en la actualidad trabaja en el Tour. En 1972 Bernard Thévenet fue prudente. No quiso entrar en las andanadas y acabó derrotando a Merckx y Ocaña, como si fuera tan sencillo. A veces, incluso, hasta quien no se lo esperaba sacó gratitud del enclave. Por ejemplo dos de sus ganadores más sorpresivos, Eros Poli en 1994 y Juanma Gárate hace cuatro años, siendo además el último en hacerlo. Por que conviene no olvidar que el irundarra es poseedor de la corona del Ventoux.

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