El mundial, la grande en sí

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El epílogo ciclista llega puntual cada año con el Mundial. A pesar de que desde 1994 se incorporó la fórmula contra el crono, la prueba mundialista en esencia es aquella que se celebra en línea sobre un maratoniano kilometraje y un machacón circuito, aquella que reúne los grandes enjutados en sus colores nacionales pertrechados por pintarrajeados asfaltos y colección de banderas –emergiendo ese león flamenco- por flanco.
Le cogí el apego que actualmente le tengo al Campeonato del Mundo de ciclismo en vísperas de aquel que ganó Abraham Olano en Colombia. En 1994, cuando en medio del valle de los tempos siciliano, Luc Leblanc daba cuenta de Massimo Ghirotto, tomé conciencia de una carrera entonces algo vilipendiada en España, hasta entonces ninguno de los nuestros había sido campeón, y en tiempos de Miguel Indurain tuvimos que oír muchas veces aquello de que “el auténtico mundial es el Tour”. Pues no, y para nuestra gracia eso no es así. El Mundial es especulación cero, carrera de hábiles, duchos y arrojados. Todo ello nos hace disfrutar como enanos.
Tachado de lastre para su portador, aquellos que lo enfundaron dicen que nunca firmaron buenas campañas vestidos de tales colores, sigue siendo una de las grandes piezas del año, un botín que por sí solo justifica temporadas y trayectorias enteras, salvo en contadas ocasiones, pues no creo que el doblete firmado por Bugno al inicio de los noventa le supiera tan bien como haber batido a Indurain en el Tour.
El Mundial es ciclismo en blanco, inmaculado, negro sobre claro, encefalograma circular, subidón adrenalítico, -4, -3, -2 y last lap, una cuenta atrás que hace tangible la emoción. Una carrera salvaje, enfundada en colores nacionales, la única del año, que llena de color cunetas y almas. Su peculiaridad nacionalista le supone además un plus, por cuanto legendarias son las polémicas entre grandes  figuras que durante el año se deben a las firmas comerciales. Qué decir de aquella carrera de Barcelona que puso de relieve el mal rollo reinante en el combinado belga polarizado entre Merckx y Maertens. Como aquellas hubo varias. En San Sebastián 97 la actuación de Mauri, entonces debido a la ONCE durante el año, fue interpretada en doble filo pues Jalabert se consideraba favorito absoluto
El mundial además ha saludado la primavera del ciclismo español. El palmarés asimétrico de los nuestros así lo evidencia. Hasta el 95 ningún triunfo, desde entonces Olano abrió el camino que siguieron Astarloa y Freire, tres veces. Cinco títulos en quince años dentro de la carrera más incierta de la temporada ejemplifica ese cambio de tendencia. Con sólo tres corredores entre los más grandes, Freire se debate dar el plus de historia a su enorme trayectoria. Qué no le habría pasado de haberse debido a los colores belgas u holandés. El cántabro de tono despreocupado y últimamente aire distante ofrece a esta carrera lo mejor de palmarés en la misma proporción que ésta le ha dado el áurea de la que goza.
Por su triunfo brindamos el domingo. Vamos Oscar.

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