El otro agujero del ciclismo francés

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La clase media del ciclismo francés crece poco a poco. Está lejos de sus antepasados, pero recupera terreno. El problema de nacer, crecer y desarrollarse en un país con la rancia cultura ciclista de Francia supone una ventaja por un lado, obviamente hay más opciones de desarrollase por ejemplo que en España, pero al mismo tiempo comporta una sobrecarga de responsabilidad que desde bien jóvenes experimentan aquellos que tienen opción de destacar.

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En los últimos años varios corredores franceses cayeron en la desgracia de tener una fuerte presión sobre sus espaldas y ello les acabó engullendo como víctimas de un sistema que idolatra tan rápido como te sepulta en el anonimato. Creer no obstante que Francia, a pesar de no tener un ganador del Tour desde 1985, no sigue siendo una potencia mundial en este deporte es omitir gran parte de su legado y sobretodo valores futuros.

Sin embargo, las cosas para el aficionado medio francés no resultan sencillas. Al vacío que se produce en el Tour de Francia, le sucede otro paralelo en las grandes clásicas. Laurent Jalabert es el último gran corredor galo que logró ganar tanto un monumento como una vuelta. Para lo primero nos remontamos al Giro de Lombardía de 1997, para lo segundo a la Vuelta a España de 1995. Así fue Jaja, ese ciclista total que últimamente nos dio un susto tras un accidente, uno más, mientras entrenaba en la carretera.

Este fin de semana tiene lugar un día grande en el calendario ciclista. Acontece la más singular de las clásicas, la París-Roubaix, una especie de lapso temporal que traslada ciclismo del siglo XIX al corazón del presente milenio. En Roubaix no gana un francés desde que Frédéric Guesdon diera la campanada a la entrada del velódromo hace también 16 años.

Como bien analizan en Cobbles & Hills, los anfitriones presentan una buena nómina de aspirantes el domingo. Un listado que debe estar encabezado por mérito propio por Sébastien Turgot, segundo el año pasado. Sin embargo nuestro corazón se hace galo cuando ve correr a Sylvain Chavanel, un ciclista que debería haber ganado el Tour de Flandes de hace dos años si no se hubieran cruzado en su camino una torpeza táctica de su compañero Boonen y el afortunado Nuyen. En Flandes no se ve un triunfo francés desde aquella inmensa cabalgada de Jacky Durand en 1992, el ciclista que entonces podría ser considerado el Thomas Voeckler del pelotón por sus gestas imposibles. Frédéric Moncassin, aquel velocista reconvertido a excelente clasicómano, fue segundo en 1997.

En San Remo ningún francés consigue triunfar desde Jalabert en 1995 cuando batió con claridad a Maurizio Fondriest. A los dos años Emmanuel Magnien y Frédéric Moncassin acompañaron a Zabel en el podio de su primera victoria en la primavera liguriense. Curiosamente la otra carrera organizada por el gigante galo, la Lieja-Bastogne-Lieja vive un paréntesis enorme, desde 1980, sin éxito galo. Jalabert fue segundo dos veces, ambas con Michele Bartoli en campeón. Idénticos puestos lograron Fabrice Philipot, un muy buen gregario de Miguel Indurain, y Jean Claude Leclercq en 1989 y 1990. Y es que el palmarés de la gran clásica valona, la zona francófona de Bélgica, se quedó congelada en el tiempo para sus mentores del sur desde aquella heladora victoria de Bernard Hinault en 1980.

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