El primer ciclismo de talonario

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El otro día hablamos de la desigualdad de presupuestos entre equipos como la principal causa del espectáculo secuestrado al que nos estamos acostumbrando en las grandes carreras. Vemos Liejas decididas en la ultima subida, Lombardías en las que nadie se mueve por los lagos, Tours que deciden en la coronilla del último puerto,… al final la el 95% de las etapas se transfiere al desgaste propio de un deporte de fondo sin más pinceladas que destacar en la crónica final del día.

A ello contribuye, como decimos, la terrible desigualdad que reina en el pelotón. Por ejemplo el Team Sky y sus manejos económicos son propios del Barça y el Madrid en la Liga española. Como dijo Pinot en una entrevista al Pédale francés: “Al final te encuentras frente a un líder fortísimo que se rodea de otros ocho que podrían ser líderes en cualquier otro equipo”.

El ciclismo de talonario tuvo un antecedente, como bien nos hicieron notar el otro día. Fue La Vie Claire del mecenas más peculiar que tuvo el ciclismo hasta la llegada del caprichoso ruso, Oleg Tinkov. Hablo de Bernard Tapie, un tipo que en “la France” de los ochenta quiso tocar el sol por creerse Dios y acabó abrasado. Sin embargo en el camino tuvo historias suculentas y algunas relacionadas con el ciclismo.

En el previo del Tour que Eurosport hizo sobre Bernard Hinault y los treinta años de su victoria, Greg Lemond narra cómo Tapie le fichó. En el hall de un hotel, una mujer enjuta en cuero aborda al talento americano. Le suelta que el señor Tapie quería hablar con él y una vez en la mesa el magnate le escribe una oferta que triplica su sueldo. Obviamente dijo sí.

El plan pasaba por dos fases. Primera estación, 1985, Lemond debía someterse al servicio del tejón y así hizo. Segunda estación, 1986, el francés debía devolverle el favor al californiano. Pareció que Hinault sería serio en su promesa, pero la carretera marcaba otra lógica. En un momento del reportaje, Jeff Bernard explica como en un sprint intermedio lanzó a Hinault y éste le dijo que siguiera, que no parara. “Nos importaba una mierda lo que pensara Lemond, a nosotros nos dijeron que para adelante y eso hicimos” comentó Bernard.

Al final, ya se sabe que la locura que invadió a Hinault, atacando sin descanso en los Pirineos, le pasó factura de inmediato en Superbagneres y Lemond acabó ganando entre la paranoia del sabotaje y la presión del público ansioso del sexto Tour de Hinault.

El resultado de aquella memorable carrera fue que no se habló más allá, de nadie más, que no fuera un vástago de Tapie. La Vie Claire hizo primero, segundo y cuarto con Lemond, Hinault y Hampsten. Urs Zimmermann, el ciclista que tenia fobia a volar, fue tercero y jugaron literalmente con él. Sin más, a Tapie le cayó el peso de la justicia con sus chanchullos, pero siempre podrá decir que un Tour fue literalmente suyo y de su chequera.

Imagen tomada de www.wheelsuckers.co.uk

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3 COMENTARIOS

  1. Saludos, Ivan. Mil gracias por esta columna. Creo que, al margen del talonario, la gestión del talento siempre ha sido el punto más delicado de los llamados “super equipos”. Hasta donde recuerdo en esta versión “moderna” del ciclismo, los corredores con galones y talento siempre buscan hacer valer su caché -aunque se comprometan los resultados-, ya sea a partir de acuerdos entre los integrantes del equipo o buscando alianzas con otros combinados. Lo interesante es que los managers siempre repiten la historia, haciendo lo mismo, signo inequívoco de locura.

    • lo que recalcitrante es ver como gran parte del talento se va al mismo lado cuando se podría hacer competencia y contribuir al espectáculo. Una norma que hablaba de equiparar los presupuestos ha sido derogada, queda claro que las cosas no serán sencillas de cambiar

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