El Tour de Pequín, una carrera que nació muerta

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En 2011 nació el Tour de Pekín. Con la emoción del encaje del ciclismo en los Juegos Olímpicos y la obsesión por mundializar el ciclismo, la UCI puso toda la carne en el asador para arrancar esta carrera. Fueron cinco etapas sumando más de 615 kilómetros y  llegando a los 900 metros sobre el nivel del mar como techo de la prueba. Para que la competición china tuviera acomodo en el World Tour se tuvo que desplazar el Giro de Lombardía, monumento del ciclismo, y marginar la París-Tours, carrera centenaria.

En esa edición inaugural el súper clase alemán Tony Martin le dio lo suyo a los cuatro croners ingleses David Millar, Alex Dowsett, Chris Froome y Steve Cummings. La llegada se metía en el corazón olímpico, entre el Nido de Pájaro y el Cubo de Agua, la piscina de Michael Phelps. Antes, en las laderas de la gran muralla Martin salió airoso de la presión de los irlandeses Nicolas Roche y Philip Deignan.

Cuatro ediciones han pasado desde ese estreno y no habrá otra. Tony Martin se ha perpetuado, con dos triunfos, como el mejor ciclista en la historia de la prueba. El año pasado le sucedió Beñat Intxausti, éste ha ganado Philippe Gilbert. Cuatro ediciones que marcan el final de esta carrera, la apuesta principal de la UCI  por mundializar el ciclismo, como reza el eslogan desde hace décadas, aún y a costa de cargarse el maltrecho tejido europeo.

Lo de mundializar el ciclismo es algo que surgió a finales de los setenta, cuando los primeros escarabajos llegaban al viejo continente y Venezuela acogió unos Campeonatos del Mundo. Luego vinieron ciclistas de lugares tan dispares como Estados Unidos y Australia, con Greg Lemond y Phil Anderson como cabeza de cartel. Hubo grandes competiciones en ultramar. Recuerdo la Coors Classic como enseña de ese ciclismo norteamericano que bebía de los efluvios de ET atravesando en una bicicleta de BMX la silueta de la luna.

Aquella mundialización fue saludable, pues ha perdurado en el tiempo. Australia y Estados Unidos son potencias ciclistas –tanto de carretera como de pista- y además se le suman otras naciones como algunas euroasiáticas, de la Europa del este y como no los colombianos. Hasta aquí perfecto, pero el Tour de Pequín ha sido otra cosa, ha sido pura y burda avaricia.

Recordemos que el que fuera primer ejecutivo de la UCI Hein Verbruggen dejó su puesto en Aigle por manejar todos los tratos inmobiliarios generados a raíz de Pequín 2008. En su puesto puso al nefasto Pat Mc Quaid, quien llevó a cabo este engendro pequinés. La carrera nació muerta. Y lo hizo porque no se puede meter con calzador una prueba así, del máximo nivel posible, en un país con nula cultura y nulo interés en el ciclismo. Un país que presentaba escenarios exóticos como la gran muralla pero escaso o inexistente público en las cunetas. Un país cuyos ciclistas en este escalón son anécdota y que sólo ha mostrado interés por ciertas pistards y algun biker.

El epílogo de la carrera por las avenidas olímpicas recordaban a esos prólogos de la Vuelta a España por la Valencia pre crisis: grandes explanadas y todo en obras. Al menos en la ciudad del Turia había algo de gente en meta y salida, aquí ni eso. Buena parte del mejor ciclismo mundial corriendo en la intimidad, eso cuando no hubo que recortar etapas por peligro para la salud de los deportistas por la contaminación de los lugares.

El ciclismo busca nuevos mercados y eso es bueno, pero quizá convendría hacer estudios de mercado previos. Las amplias avenidas de la capital china o de Dubai sin gente, sin alma, no son el mejor reclamo. Darán dinero hoy al ciclismo –a unos cuantos bolsillos- peso eso nos es sostenible. El Tour de Pequín lo ha demostrado.

Imagen tomada del Facebook del Tour of Beijing 

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