El Tour es cuestión de estado, el ciclismo no

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Hay algo de raro en la relación de Francia con el ciclismo. Este deporte, como lo conocemos y concebimos, es obra francesa. Si bien, su dimensión internacional le confiere un pedacito de su ser a cada país, está claro que la cuna del ciclismo surgido a finales del siglo XIX es francesa. Ese membrete del gallo quedó a fuegoen 1903, hace 110 años, cuando partió de las pedanías parisinas la primera edición del Tour.

Desde entonces la carrera que durante tres semanas cubre la geografía francesa es una de las señas de identidad francesa. Incluso por la vitalidad y multiculturalidad que se aprecia en las cunetas, de las más asentadas.  No creo que exista evento que movilice lo que el Tour siendo un acontecimiento anual y no esporádico o más espaciado como los Juegos o un mundial de fútbol. Francia se convierte en un enorme plató de filmación donde se nos mete por los ojos las grandes atracciones de un país que cifras en mano es el más turístico del mundo, justo por delante de los Estados Unidos y España. Poca broma, entonces.

Durante varias jornadas de la presente edición surgieron voces críticas con el recorrido. Hablaban de un insufrible publirreportaje de la campiña y castillos galos, mientras el pelotón quemaba kilómetros. Incluso se llegó a decir que la Vuelta y Giro habían superado en interés a la tenida por mejor carrera del mundo, demostrándose que no puede haber sentencia más desafortunada, pues las dos grandes vueltas menos grandes siguen nadando lejos de la hermana mayor, por mucho incluso que el Giro esprinte por coger a su homónimo francés. En esta escala, la Vuelta está muy por debajo.

Pero si algo quedó claro es el rol de estado en todo lo que rodea al Tour. La fiesta celebrada por las cien ediciones lo demostró. Se copó el corazón de París, a través de una artería llamada la Vía Real, una grandiosa línea recta que va del Louvre a la Defensa en la que los Campos Elíseos no son más que una parte. La clausura de las 100 ediciones del Tour pone de relieve cuán grande es el nexo de la carrera con la cultura e idiosincrasia francesas y cuán lejos está eso de ocurrir por ejemplo en España.

Sin embargo en Francia el ciclismo no goza de ese estatus cuasi intocable. Aunque el Tour ha sido atacado por diversos grupos mediáticos con intereses opuestos a los de ASO, es el ciclismo en su extensión quien ha recibido más, y no precisamente suave. El Tour de Francia es un monumento a la “grandeur”, el ciclismo poco menos que una cuadra de escombros que conviene limpiar con la pulcritud que Sarkozy demostró cuando habló de refundar el capitalismo. No entienden sin embargo que ambos son intrínsecamente lo mismo.

Y claro, una vez concluido el Tour, una vez se recogen los desechos delos fastos que recorriendo el hexágono conviene virar la mirada al Senado y ver qué nombres saldrán malparados de los controles antidopaje del Tour de 1998, más que nada para demostrar que aquí saben hacer las cosas muy bien, sí en un país donde dos de sus más grandes campeones Jacques Anquetil y Bernard Thévénet admitieron haber hecho uso de sustancias en su propósito de triunfar.

Lo que el Senado galo haga próximamente me parece una insufrible operación de estética que tras días de éxtasis devolverán al ciclismo a la pocilga en la que regodea desde hace tiempo. Es como si se trazara una línea invisible, una vez concluido el Tour aireemos el armario. Menos mal por eso que no se realizó en plena carrera a petición de un grupo de corredores. Sólo una cosa, si alguien del senado gabacho lee esto, ¿serían tan amables de sacar del porfolio el panel de controles en el Mundial de fútbol que aconteció en Francia aquel mismo verano?

Foto tomada del facebook del Tour