El Tour siempre es el Tour

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La presentación del Tour de Francia, con su pompa, el palacio parisino y todo el folclore que lo adorna, se antoja, año tras año, más prescindible con la rumorología de días previos y las increíbles filtraciones durante su desarrollo. Fernando Llamas, periodista de Marca, medio por otro lado avezado en filtraciones en otros muchos campos, se quejó amargamente de la carencia de ética en esta cuestión y no le faltaba razón.

Mientras el director de ASO relataba el itinerario, nosotros ya manejábamos vía twitter el mapa oficial. Sorpresas, las justas, fuera del detalle y los puertos que jalonaban cada jornada.

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Y ahí estuvo el atractivo y la miga de la carrera que no sé qué tiene contra las cronos, pero las vuelve a dejar de un lado. Madre mía si Miguel Indurain corriera estas ediciones, él que tenía casi cien kilómetros de lucha individual para abrir huecos que sus rivales ni soñaban cerrar en las cumbres. Dos cronos, sólo dos, y una de ellas, la segunda, en cronoescalada, se prevén para la edición de 2016. La primera sí que será un buen test, con un recorrido de media distancia, unos 35 kilómetros por terreno quebrado aunque perfecto para grandes rodadores.

Sin embargo esa crono lleva trampa y ésta se llama Mont Ventoux, emblema mundial de la carrera, que se subirá un día antes, el día de la fiesta nacional en lo que podemos prever como una locura de público y expectación. Es decir Ventoux, y acordarnos de Garate y su equipo de impresentables holandeses.

El sitio, el monte pelado, es un lugar talismán para el dorsal uno, Chris Froome, que ganara aquí hace dos años ante Nairo, que en la cima cayó desvalido y roto por el esfuerzo. Para Froome la próxima edición frecuenta lugares de buen recuerdo porque la carrera saldrá de Le Mont Saint Michel, un sitio “pluripresente” en la presentación, tanto que tan desmedida promoción amenaza con reventar de visitantes el segundo monumento más visitado de Francia.

A partir de ahí la carrera será una sucesión de homenajes, recuerdos y memoriales. La playa Utah, que viera el desembarco de Normandía hace 72 años, será el primer final, curiosamente 30 años después del primer Tour ganado por un americano. Granville recordará Christian Dior y el Limoussin el gran Raymond Poulidor, tan querido como reñido con la victoria final en la mejor carrera.

Poco a poco la caravana tomará rumbo al sur, camino de los Pirineos, otra vez antes que los Alpes, y otra vez bien serviditos. Ya el primer viernes de carrera el inédito lago artificial de payole, previo paso del Aspin, servirá el aperitivo de dos jornadas de órdago, primero con final el Luchon y anterior paso por Tourmalet, Hourquette, Val Louron y Peyresourde y luego con la etapa catalana andorrana que llevará el peloton a Arcalis, allí donde Ullrich reventó la edición de 1997.


Tras el descanso andorrano, en lo que será como en casa para los muchos ciclistas que viven en el valle, vendrán el consabido Ventoux y la crono para ir a la otra cordillera de referencia y tener ración aguada de mitos alpinos con otros Lacets, los de la Grand Colombiere, y el Forclaz, en sus versiones suiza y francesa como faros previos a una recta final que tiene el Joux Plane -de buen pálpito para Nairo- su punto álgido antes de un descenso a Morzine que será de espanto si hay premio gordo en juego.

A piori todos dice: ¿a quién favorece?.  Pues al mejor, porque Tour con menos crono que último no recordamos, y se lo llevó Froome, un excelente especialista contra el reloj que sube mejor que los mejores. Así de sencillo.

Opiniones para todos los gustos, a nosotros nos gusta este Tour, siempre nos gusta porque en el fondo los mejores van con lo mejor a correrlo y es difícil no se vean etapas interesantes, sin embargo, y aunque no se prestigie la crono, el Tour demuestra que no hacen falta cosas raras para captar la atención de todos durante tres semanas y pico cada tarde de julio.

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