El Tour x los Pirineos: Jugando con la muerte

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Infestos caminos de pastoreo, en medio de la nada, mirando los 2000 metros de tú a tú. Circos montañosos, anfiteatros salvajes repletos de yerbajos informes desde que el mundo era mundo. Lugares que acariciaban el cielo, ajenos, inconexos al mundanal ruido que crecía a sus pies, allá en los valles. Era el círculo de la muerte. Era el lugar que en 1910 sólo un puñado de pastores conocía y que el Tour de Francia quería abordar con la pandilla de inconscientes que malamente se cosió dorsal al deshilachado jersey de lana que hacía las veces de maillot.

Ese círculo de la muerte estaba entre Bagnères-de-Luchon, en el cogollo pirenaico, y Bayona, a orillas del océano. El día 21 de julio de 1910, cuando algunos de nuestros abuelos ni siquiera habrían nacido, cincuenta y nueve ciclistas se aprestaron a cubrir la primera gran etapa montaña de la historia del Tour. Un ciclista con muy mala leche, hastiado de tanta penuria pero lo suficientemente orgulloso para plantar su nombre a perpetuidad, Octave Lapize, coronó todos los altos en cabeza a excepción del Aubisque.

La flecha amarilla había hecho su primera expedición por esos lugares donde sólo habitaban lobos y posiblemente brujas. A esa travesía infame de Bagnères a Bayona, se le había acoplado la anterior entre Perpiñán y Bargnères. En dos coletazos, en unas 48 horas, se solventó el tramo pirenaico de mar a mar. No fue fácil, los mentores del Tour se la jugaron, nadie salió muerto de algo que muchos presumieron una temeridad, más cuando días antes unos alpinistas habían perecido en Suiza.

Cuando Lapize atravesó con las únicas compañías de su sombra, un sudor hecho mierda por el polvo y una quebrada respiración Saint Jean Pied du Port hacia Bayona, 10.000 personas a pie de carretera le hicieron el pasillo. Había sido el primero en la primera vez que el Tour se adueñaba de lugares que con los años, no muchos, se convertirían en templos. El ciclismo se hacía mayor a marchas forzadas.

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