En cuatro palabras: “El águila de Toledo”

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Firma Federico Martín Bahamontes en el libro que  conmemora el medio siglo de su triunfo en el Tour de Francia: “Mi táctica desde el principio, atacar, atacar y volver a atacar”. Así fue el protagonista, toledano de pleno centro, forjado  a los pies del Alcázar que vio derrumbarse ante las acometidas republicanas, quemando días frente a la Santa Cruz, el emblema plateresco soslayado por metralla.

Aunque en esta sociedad desmemoriada, por en el enjambre toledano sigue pululando este personaje. En una memoria directa e intensa que muere por el propio peso de los años, la leyenda del primer ganador español del Tour sigue paseando por el Zocodover, la catedral y San Juan De los Reyes. Algún fin de semana visita su finca, tapea al lado de casa, saluda a quien le reconoce. Una persona encantada de haberse conocido, que siembra simpatía y recelo a partes iguales. Como dice, un testimonio vivo, de esos que cada vez nos quedan menos.

La importancia de Bahamontes fue capital en la España de mitad de siglo XX. Aquella España era un amasijo de ruinas y paredes quebradas, un país intervenido en lo económico, chafado por una asfixiante dictadura y lejos de los grandes foros deportivos internacionales.

Estaba claro que si un español habría destacar en algo tendría que ser en el ciclismo, el deporte de hidalgos solitarios y desgraciados, perdidos por la ruta, en medio de la nada, ceñidos por el dolor físico y moral, auténticos caballeros andantes. De Mancha surgió este personaje casi quijotesco que admitió nunca más haberse subido a una bicicleta desde el día que abandonó la competición.

España había sido hasta Bahamontes un país de escaladores, de agonistas especialistas en grandes vueltas. Ciclistas que amasaban fortuna en la montaña y perdían todo en el llano y en las cronos. Dalmacio Langarica, Bernardo Ruiz, los Rodríguez, Julián Berrendero, Vicente Trueba, Salvador Cardona,… todos fuertes y finos, pequeños escaladores de grueso cabello y honda mirada. Un especie apreciada, por singular, más allá de los Pirineos y de la que se desmarcaron muy pocos. Primero Mariano Cañardo, el más belga de todos los hispanos, y luego Miquel Poblet, la flecha amarilla, el ciclista que rompió la discreción española en las clásicas.

Bahamontes bebió del agua de los primeros, del escalador racial y de carácter. No obstante su figura rompió en cierto modo con el molde predominante. Era fuerte en montaña, sí, pero no se escondía en los páramos e incluso atacaba y practicaba emboscadas en jornadas llanas. Bahamontes fue también un buen pistard, cuando el noble ejercicio de los velódromos corría por la sangre de las estrellas. Se combinó con muchos, entre otros el citado Poblet con quien conjugó fondo y velocidad y no pocas giras europeas.

El Tour de Francia de 1959 aconteció, como dijimos, en una España reñida con el optimismo. Aunque el Tour llevara más de medio siglo de vida, resultaba obvio que tarde o temprano un español acabaría ganando el Tour de Francia. Al eco de la victoria del toledano la prnesa europea se rindió. “Reconozcámoslo sinceramente: Bahamontes ha sido netamente el más fuerte” dijo el mítico Het Volk belga. “Mejor que Bartali, Coppi y Gaul” afirmó la Gaceta de Amberes. “Bahamontes hubiera podido ganar con media hora” sentenció Jacques Goddet en L´ Equipe admirado por la combinación de premio de la montaña y general que arrumbó el toledano. En Le Parisien Liberé, Felix Levitan fue un poco más allá y comentó que “Bahamontes ha estado celoso de su maillot amarillo y con toda la razón. Es el primer español que inscribe su nombre en el palmarés del Tour y no puede ser el último pues el deporte ciclista está progresando notablemente al otro lado de los Pirineos”. El portugués El Mundo Deportivo redondeó: “Su victoria ha sido clara, justa e incuestionable”.

Su leyenda a veces le superó, y esa historia del helado de la cima en el Tour de 1954, la ha tenido que desmentir en más de una ocasión. De su ciclismo bebe la leyenda, la historia con mayúsculas, pero aún se turba cuando recuerda su recibimiento en la Toledo de 1959. Un pasillo de gente le acompañó en su llegada de Madrid por la nacional 401. Entró en la muralla por la puerta de Bisagra, cuyos portones debieron ser desmontados para que entrara el coche. De ahí subió pausado hasta el ayuntamiento y la catedral, con un maillot amarillo en la mano para ofrecérselo a la Virgen del Rosario. Luego toreó en la plaza vestido de campero. “Todos los récords de taquilla se batieron ese día. Más que para Ortega, más que para el desafortunado Manolete, el ídolo de España. Me hicieron creer que yo iba a torear. Confieso que tuve canguelo…”.

Este es Federico Martín Bahamontes, encantado de haberse conocido, símbolo sempiterno de la España que vieron nuestros abuelos. Para bien y para mal, una figura imprescindible.

Lo que habéis leído es el prólogo que he tenido el placer de escribir para el libro “El Tour de Bahamontes” escrito por Angel Giner y reeditado hace poco por La Biciteca. Una obra que obviamente os recomiendo porque es testimonio vivo de esta historia que siendo historia se nos escapa de las manos por el plomizo paso del tiempo.

Imagen tomada de www.ilpost.it

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2 COMENTARIOS

  1. Hablar de escaladores españoles pre Bahamontes y no mencionar a Vicente Trueba es una grave omisión. El de Torrelavega debería haber sido el primer compatriota ganador del Tour siendo rigurosos con el reglamento de la carrera.

    Saludos.

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