En las Árdenas no se hacen prisioneros

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La “sobeteada” Wikipedia nos sitúa la región de Ardenas entre Bélgica, Luxemburgo y Francia, es decir se excluyen los Países Bajos, siendo incorrecto decir que la Amstel es una carrera de las Ardenas por disputarse en la región del Limburgo, si bien por su carácter quebradizo se podría englobar en el concepto de Ardenas, aunque por su itinerario ratonero podría asemejarse más a Flandes.

Las Ardenas en Bélgica se pronuncian el francés, pues recorren una parte sustancial de Valonia, la región francófona de un país sumamente atomizado. Las Ardenas son un territorio duro, áspero. Sus inviernos resultan gélidos, una sensación acrecentada por una vegetación densa y poblada que rara vez dejará el filtrado de un rayo de sol en muchas zonas.

Un terreno quebrado, sorteado de pequeñas subidas, que algunos aciertan a señalar como “minipuertos”. Sus altitudes son escasas. No sobrepasan los 500 metros y el río Mosa sirve vertebra el territorio.

Las Ardenas tienen un indudable matiz bélico pues ambas guerras mundiales las tuvieron por escenario. Fueron muy relevantes en la Segunda Guerra Mundial marcando además dos tiempos muy importantes en su desarrollo. En la primavera de 1940, con el invierno languideciendo, el ejército alemán de Von Manstein dio un golpe de efecto a las defensas francesas que derrumbó la integridad total del país vecino en cuestión de horas. Con una triste y anticuada línea de protección, llamada Maginot, Francia preveía un ataque clásico de su belicoso vecino, sin embargo, los nazis entraron a porrillo por la en teoría intransitable región “ardenesa” para llegar a Dunquerke y hacer caer, desde allí, en cascada todo el país.

Luego, en 1944, con el invierno apretando y los aliados cercando a Hitler, éste ideó un plan desesperado para contratacar a los americanos. Aunque el golpe inicial fue duro, la carencia de efectivos y material por parte de los alemanes era ya clamorosa siendo reducidos hacia su país en lo que fue ya una toma de posiciones directa en el terreno del agresor. En este capítulo fue especialmente relevante la toma de  Bastogne, ahí donde vira “La Doyenne”.

Viene todo esto a cuento por lo que nos llega este domingo. Estamos ante la gran carrera de la primavera por muchos motivos. Es cierto que causan furor, incluso estragos emocionales, Roubaix y los festivales de Flandes, pero es la decana, la primera, la que surgió cuando el ciclismo no era ni siquiera ciclismo, y se hace en una región como Valonia que no goza, quizá merecidamente, del glamour de Flandes, pero que sin embargo puebla en hileras de cuatro y cinco personas toda la ruta regalando imágenes que muchas veces son portada de anuarios ciclistas.

Es una carrera de grandísimo fondo e imprevisible que no está al alcance de cualquiera y que se suele decidir siempre entre capos con una importancia relativa de la labor de equipos en las últimas cotas. En el momento de travesar el kilómetro 200 se camina sobre el abismo, lejos de la normalidad que dicta cualquier otra prueba. Este año además se ha añadido Roche aux Faucons, es decir más madera. Cuando la Lieja atraviesa un nivel, pasan cosas extraordinarias como que gente de la calidad de Purito o Nibali se vengan abajo pues la gasolina no les da para más. A su vez aquí aconteció el tremendo recital de Hinault en la nieve y una de las victorias que a mí siempre más me marcó, la que Michele Bartoli le impuso a Zulle & Jalabert en un mano a mano a tres antológico.

Y si mis argumentos nos les valen piensen sólo en otra cosa más, estamos en la edición 100.

 

INFO

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