Siete días con los inventores del ciclismo

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Un día un amigo me dijo que la habría gustado haber nacido arquitecto gótico. Me lo explicaba al cobijo de las dos torres de la catedral de León, al resguardo de un abrasador sol de agosto. Él, arquitecto, amante de las formas, ojivas y vidrieras del templo, querría haber trazado cada ángulo, cada nervadura, cada recodo de la tremenda iglesia. A  mí me habría gustado nacer en la época que se inventó el ciclismo. Me ocurre cada vez que leo un libro  como “¡Bici! ¡Toro!”, una obra escrita en vertiginoso ritmo de diario hace más de 120 años por un tal Édouard De Perrodil, un prohombre del cambio de siglo, del XIX al XX. Enlace permanente de imagen incrustada La obra en cuestión nos traslada a la prehistoria de la bicicleta. A la década del 1890. En el ocaso de ese siglo se culminó la revolución silenciosa y pacífica de la bicicleta. La máquina pasó de calzar macizas circunferencias de caucho a poner neumáticos en sus ruedas. La misma máquina que poco a poco invadía ciudades, aceras, infumables caminos. Se hacía fuerte al calor de la pasión de sus incondicionales.

Hay –dijo Edouard De Perrodil- dos tipos de revoluciones: las revoluciones violentas, generalmente breves y sin influencia sobre las costumbres de los pueblos, y las revoluciones pacíficas, cuyas consecuencias muchas veces son tanto más profundas cuanto más lenta es la revolución y menos efecto parece producir al principio. La revolución velocipédica a la que asistimos en la actualidad es de estas últimas. Es una revolución pacífica, lenta, y quién sabe si dentro de treinta años los hábitos y costumbres de los pueblos de Europa no se habrán transformado radicalmente a causa de ella

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De Perrodil y su inseparable  Henri Farman fueron dos hombres del renacimiento que un día emprendieron la aventura de unir en bicicleta París con Madrid. El autor, amante de España, a quien etiqueta de “hermana pequeña de Francia”, se enfrasca en una empresa sencillamente deliciosa en su narrativa y nivel de detalle. Elementos varios se interponen en su camino, pero la pericia y una marea de ciclistas acompañándoles a cada paso le ayudan a salir adelante y dan fe de un evento que mereció, ya en Madrid, una semana de festejos, comilonas y homenajes. La pieza, no muy gruesa, y de lectura agilísima, ofrece un retrato fiel de la época, de esa España mísera y pasional que encloquecía en una corrida de toros en Pamplona.

Una España que como la de ahora vivía en la agitación política personificada en el desencanto de Emilio Castelar que a los pocos días de comer con los protagonistas de la andanza desistió para siempre de hacer avanzar en una misma dirección a toda la nación. Y es que nada mejor que un libro de esta naturaleza para saber que en el fondo, y siglo y medio después, las cosas están como estaban y más a sabiendas que la tradición taurina de Nîmes le ha valido una salida de la Vuelta a España.

Este libro forma parte de la estantería de La Biciteca. Aquí podéis tener más detalle.

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