Entre los Lagos y el Angliru está la esencia moderna de la Vuelta

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Hace treinta años la Vuelta a España vivió su mejor edición. Aún en abril, con las nieves en deshielo, el frio e inestabilidad reinantes en la época, y una excelente nómina en su partida, aquella España que Laurent Fignon describe en su libro como la “puerta del Tercer Mundo” puso el escenario a una excelente carrera.

Sin duda aquella mítica edición tuvo dos momentos álgidos, el más recordado, el de Avila, con aquella escapada teñida de rabia y genio armada por Bernard Hinault. Pero el otro fue el hallazgo de un lugar que sin duda marcó inflexión en la historia de la carrera, pues a juicio de muchos fue el símbolo que la dotó de una modernidad que además llegaba televisada.

Nos referimos a los Lagos de Covadonga. Marino Lejarreta en azul, con una sensacional ascensión bautizó el lugar dándole el áurea de lugar casi sagrado para la Vuelta a España. Desde entonces muchas veces se ha llegado hasta aquí, Laurent Jalabert, Pedro Delgado y Lucho Herrera repitieron victoria, y en su umbral atravesó victorioso un buen número de escaladores.

Dieciséis años después de entrar en el libro de la Vuelta, el clamor popular por hoyar nuevas cimas que desplazaran la viejas y más consolidadas subidas de la carrera, puso en el mapa un lugar en el corazón astur que respondía, recuerdo, en los días de su descubrimiento al nombre de La Gamonal. Era un Mortirolo a la asturiana. Si Hinault comparó lo Lagos con Alpe d´ Huez,  el nuevo sitio tenía su reflejo en los Dolomitas.

En 1999 ese sitio, que en la nomenclatura de la carrera pasó a llamarse Angliru, y así para los siglos de los siglos, vio un buen espectáculo de ciclistas retorcidos haciendo de su cuerpo una espiral de dolor e intensidad. El lugar además se hizo famoso por la densa niebla que lo atosigaba y lo complicado de seguir la carrera con fidelidad. Cuando el Chava Jiménez superó a Pavel Tonkov en el último suspiro nadie supo qué pasó con certeza en los últimos dos kilómetros porque aquello era una ciénaga de humedad.

Y desde entonces ahí tenemos el Angliru, a veces solo, como es el caso, y otras acompañado por los Lagos de Covadonga. Alberto Contador, Roberto Heras, Gilberto Simoni y Juanjo Cobo son los nombres que luce un aún pequeño palmarés que negro sobre blanco es aún más importante si atendemos al simbolismo de un lugar que ha sido pionero en cambios muy profundos en la configuración de la carrera pues con el Angliru hemos aprendido que las pendientes de un puerto son titulares más allá incluso de la gesta de los ciclistas, hemos visto que el clamor popular puede ser recogido y canalizado por la organización y hemos comprobado como los finales “tipo Angliru” se han prodigado de tal manera que los mentores de las carreras, Giro y Vuelta principalmente, se han lanzado a una cuasi desesperada búsqueda de rampas que superen el veinte por ciento como las únicas garantes de dar un espectáculo digno. Dentro de treinta años comprobaremos si esto fue una moda, o se convirtió en norma. Ahora mismo creemos que está más cerca de lo primero.

Foto tomada de comunidad.lne.es

 

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