Esos puertos tenéis que conocerlos

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Quien haya estado en Bolonia sabrá que no hay lugar de la ciudad que no se pueda acceder por un soportal. En las montañas que circundan la bellísima capital de la Emilia Romagna se yergue vigilante la Madonna di San  Luca, un promontorio de menos de 300 metros al que se puede acceder por una carretera en coche, bici o a pie, llueva o truene, pues un pórtico ininterrumpido de dos kilómetros conduce hasta la iglesia.

Sí, San Luca, un lugar mágico, allí donde Fiorenzo Magni se ató una cuerda al manillar para estirarla con los dientes y suplir la fuerza que su lesionado brazo no podía ejercer sobre la máquina. Sí era en Madonna Di Luca, al final de una crono del Giro de 1956, en el mismo sitio donde se decide el Giro de Emilia, en el lugar donde Jan Ullrich realizó una de sus exhibiciones brutas, donde Simon Gerrans sentó cátedra.

Madonna di San Luca es el segundo puerto de la selección de 50 ascensiones que pueblan la segunda entrega de santuarios ciclistas que Lunwerg Editores sacó hace un año con sus ascensiones míticas. En este caso, las subidas que postuladas se etiquetan de secretas y eso que incorpora un buen ramillete de muros, paredes y puertos que nos resultan familiares. En una gradación de menos a más, en lo que altitud se refiere, la obra contempla el Viejo Kwaremont flamenco, el Stockteu valón,  el Marie Blanque, el Grand Ballon d´ Alsace, Larrau, Balés, Crostis y Fauniera en una combinación de tradición y modernidad. Destaca la aportación de la cara oculta de l´ Alpe d´ Huez, descubierta en la última edición del Tour con su paso por la Sarenne.

España cifra varios lugares de diferente poso. Desde auténticos faros como Arrate, histórico y mil veces transitado, a las cumbres del siglo XXI como la Bola del Mundo, en los confines de Navacerrada, o el icónico Ancares. Completan el paisaje las lagunas burgalesas, las de Neila, y el Xorret del Catí, uno de esos puertos de inflexión que descubrieron el inherente atractivo que tienen las pendientes fuera de norma.

De toda la obra hemos cogido especial aprecio a las imágenes del Stalheimskleiva noruego, el más septentrional de la recopilación. Se trata una pequeña cota en la zona de los fiordos meridionales cuya trazada al 25% en algunos de sus dos mil metros de subida es realmente evocadora. Parte del Viking Tour, su heladora estampa evidencia que aquí siempre es otoño o invierno y que no hace falta romper la cota 2000 para rodar entre nieve y hielo.

En definitiva otra obra que habla de la grandeza y carácter infinito de este deporte, el único que camina por grandes urbes e impresionantes circos glaciares a ritmo de castigo y sin reparar en la belleza del paraje la mayoría de veces.

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