El eterno encanto de Laurent Fignon

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Lo recuerdo ahí, en el asiento del copiloto, con la puerta entreabierta y los pies asomando por la ventanilla bajada. Leía con atención un papelillo, no sé qué ponía. Te ponías delante de él y no se inmutaba, no levantaba la mirada. Pedías un foto y lo mismo. El hombre de cera, vestido de esos colores tan característicos del Systeme U, los avispas les llamaron, en un diseño que el mismo trazó junto a su mentor, Cyrille Guimard para llamar la atención entre el pelotón.

Poco después se levanta. Cruza unas palabras con Charly Mottet y pone rumbo al control de firmas por entre las callejuelas del mercado de Sants. A su lado, perenne, Sean Kelly, vestido de líder, mira a los ojos a la afición los atiende, firma y se deja querer por las cámaras. Dos mundos, dos personajes, dos leyendas.

Fue muy odiado por una parte notable de la afición. Era el vivo espejo del mal en el pelotón. Se vio atosigado por medio mundo. Su carácter altivo y distante fueron señas de identidad. “Cuando gané mi primer Tour -en 1983- me convertí en tipo indeseable” admitió en su fenomenal libro.

Pero ahí residió su encanto. Su laberíntica personalidad se plasmó en las situaciones más inverosímiles en carrera. Su físico no le acompañó siempre, pero cuando estuvo de su lado, fue incontenible. Se le conoce por atacar en los avituallamientos, quienes le vimos en directo sabemos que eso fue la anécdota, atacó donde pudo y cuando pudo, convirtiendo la victoria de otros en un calvario, pues no había curva que trazar tranquilo con él al lado.

Fue Laurent Fignon, un ciclista de los que marca a fuego, de esos que en este pelotón arrancaría el jodido SRM de los Sky y lo tiraría cuneta abajo. Hoy hace seis años que falleció. Una pérdida irreparable, un tipo irrepetible, sin duda, alguien del que hablar a nuestros nietos como el ciclista más singular que nos tocó ver en directo y por la televisión. El corredor del escupitajo a la cámara de television, el corredor que ganó un Tour sin preverlo y perdió otro en la misma puerta de casa por ocho segundos, el corredor que fue estafado por los italianos en un Giro, el corredor que puso aire intelectual en el pelotón con esas gafitas y alargada coleta, el corredor que una vez retirado probó cómo se las gasta ASO, cuando engulló sin más la París-Niza que él organizaba, el corredor que siempre llevaremos en el alma porque nunca nos dejó indiferentes.

Imagen tomada de www.expansion.mx

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