La fiebre española

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La decimosexta etapa con llegada a la cima del Alto de Aprica, poseía una contundente y decisiva dificultad que se salvaba con anterioridad: el célebre Puerto del Mortirolo, que se alzaba a una altura de 1.854 metros, con un acusado porcentaje medio de pendiente del 11% y en una longitud de algo más de 11 kilómetros, cifras que siempre han temido los ciclistas y que rememoraba en esta edición el recuerdo del malogrado ciclista de otros tiempos, Marco Pantani.

Los Alpes como siempre se hicieron valer

Allí, pues, se libró una gran batalla por parte de los corredores que a estas alturas poseen más posibilidades para copar los lugares de honor de la citada ronda internacional por etapas. Quedan a fin de cuentas pocos días para su celebrada y festiva conclusión. Se deben salvar todavía cinco etapas, a pesar de que la tabla de la clasificación general aparece a fin de cuentas bastante más definida o concisa. No en vano, una vez más, la caravana multicolor del Giro ha deambulado por las regiones alpinas, que nos han mostrado su tradicional y peculiar dureza. Es un escenario que siempre nos ha brindado una bella perspectiva en torno a los sufridos hombres del pedal, sus grandezas, sus contrastes y sus decepciones, ingredientes que nunca han faltado la silueta de las graníticas e impertérritas y severas montañas alpinas, con sus cúpulas blanquecinas con sus nieves casi perpetuas.

El célebre Mortirolo sin más fue el dueño de la situación

Como resumen diremos que hubo dos españoles que bordaron con éxito la jornada, una jornada palpitante con gloria para los dos mosqueteros y protagonistas españoles. Veamos. Por un lado, el dato más importante que se desprende en esta contienda librada sin cuartel por el adusto y temido Mortirolo, es que nuestro máximo y cotizado representante Alberto Contador, ha reforzado todavía más notablemente su posición de líder al conseguir alejar a su rival más directo, el italiano Fabio Aru, el hombre oriundo de la isla de Cerdeña, que ha quedado a la fin a nada menos cuatro minutos 52 segundos, un cómputo que a estas alturas es ya irrecuperable.

La segunda buena noticia ha sido la actuación sorprendente realizada por el ciclista Mikel Landa, que acaba de adjudicarse sin sombra su segunda etapa consecutiva vivida con frenesí en el corazón de los Alpes, en aquellos parajes alpinos que tanto asedian a los ciclistas. Este hombre del pedal, natural de Murguía, aparte de ganar la etapa, que debemos ensalzar en su justa y elogiosa medida, ha tenido en consecuencia la virtud de pasar a ocupar la segunda plaza de la clasificación general, con cuatro minutos de desventaja con respecto a  Contador, el futuro vencedor inalcanzable, según nuestro modesto entender y que anunciamos ya hace algunos días, viendo lo que nos deparaba el Giro en su quehacer cotidiano. No ha habido vuelta de hoja. Las cosas, por ahora, quedan así. Básicamente, lo más trascendente, lo más importante del Giro de Italia, pensamos, que plasmado está para la historia.

¿Y cuándo se desataron las hostilidades?  

Aunque la etapa constaba de 177 kilómetros con subidas más o menos difíciles insertadas en su itinerario, la batalla se desencadenó tal como hemos dicho en la misma ascensión al Mortirolo, cuando restaban para cruzar la línea de meta apenas una cincuentena de kilómetros. Todo vino, la explosión de piernas ¡perdonen la expresión! a raíz  de  una avería mecánica sufrida inesperadamente por Alberto Contador, un hecho que sirvió para encender las alarmas en el seno de un gran grupo, que pedaleaba hasta entonces a elevado promedio, pero dando la sensación de una anodina calma. Se terminó la paz y cada cual, los ciclistas, pusieron las espadas en alto para arreciar los acontecimientos por doquier sin piedad.

Contador supo superar con prontitud la adversidad de su accidente mecánico que nadie esperaba, y, cuesta arriba, en el Mortirolo, paulatinamente fue neutralizando la discordia de varios atletas del pedal que habían encontrado fortuitamente la ocasión para atacar sin tregua ni cartón. Finalmente, quedó en cabeza un trío de campanillas integrado por el holandés Steven Kruijswijk, y los españoles Alberto Contador y Mikel Landa, bajo la silueta del último puerto que quedaba, el Aprica, catalogado de tercera categoría, un collado que en ese día se cubrió un par de veces.

El contrincante más temido para Contador, eliminados del cartel el australiano Richie Porte y algunos más, era sin duda el italiano Fabio Aru, que por más buena voluntad y tenacidad que puso en el esfuerzo, fue perdiendo tiempo en el curso de la etapa en cuestión hasta llegar a un tope de algo más de dos minutos con respecto al líder, un tiempo suficiente para perder todas las esperanzas de ganar el Giro, empujado a su vez por el entusiasmo desbordado de los miles y miles de compatriotas diseminados al borde de las carreteras.

Mikel Landa, compañero fiel del equipo Astaná, comandado precisamente por Aru, en declive, rubricó su brillante actuación al culminar y llegar destacado a la meta, con 38 segundos de renta sobre Kruijswijk (2º) y Contador (3º). El ruso Yuri Trofimov, el costarricense Andrey Amador, el canadiense Ryder Hesjedal y el italiano Fabio Aru, en este orden, redondearon el festejo de esta jornada a todas luces alucinante.

Por  Gerardo  Fuster

Imagen tomada de FB Giro de Italia

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