Flandes, la contracrónica

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Aunque la Vuelta a Flandes puede considerarse una prueba de un alto copete por el grado de dureza que emana su intrincado itinerario en el cual se interponen a modo de pesadilla diecinueve empinadas cuestas, con la alternancia de sendos adoquinados, en esta 99ª edición ha impuesto su ley el corredor noruego Alexander Kristoff, que en estos inicios de temporada ha tenido unas serie de buenas actuaciones, destacando su reciente triunfo en los Tres Días de la Panne, en donde de las cuatro etapas en litigio se llevó tres sin sombra ni duda. La competición flamenca, una prueba de indudable categoría en los anales de la bicicleta, ha sido el punto álgido de su carrera deportiva, un laurel merecido que lo consigue a los 28 años, la edad ideal de todo ciclista. Ha sido una victoria que le ha venido como anillo al dedo.

Intentos fallidos y resolución final

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No hemos de extendernos mucho para contar que Alexander Kristoff, que lleva una aquilatada experiencia dándole a los pedales, ha sabido sacarle partido a su potencial físico que le ha posibilitado otros triunfos, no muchos, a lo largo de su carrera deportiva, especialmente en la modalidad de contrarreloj, modalidad de la que es un consumado especialista, aunque en esos últimos tiempos su poderío aparecía algo más vulnerable. En los confines flamencos y ante un recorrido más bien difícil, hizo alarde de su alta capacidad, arriesgando sus posibilidades de éxito. Le acompañó en su gesta o escapada el holandés Niki Terpstra. Este dúo inició su cabalgada cuando restaban tan sólo 25 kilómetros para la llegada, emplazada como es tradición en la población de Oudenaarde.

Con anterioridad, hay que decirlo, la carrera se desenvolvió de una manera algo desordenada, algo así como a fogonazos indefinidos e intrascendentes, pero de encendida movilidad. No todas las mentes de los ciclistas que participan -casi doscientos- pueden conseguir un apropiado grado de concentración. Se pedalea más a lo loco. La verdadera historia se escribió en las postrimerías. El citado dúo sabía ya lo que hacía, aunque su ventaja sobre el grupo de atrás, el más belicoso, osciló como el péndulo de un reloj con solamente unos segundos de diferencia casi suicidas; es decir alrededor del medio minuto. Eso parecía que bastaba. Nosotros personalmente no lo creíamos que fuera así. ¿Era acaso una barca que iba a la deriva? La respuesta no se hizo esperar. Los dos protagonistas salieron con la suya, su razón de ser.

El belga Van Avermaet (3º) y el eslovaco Sagan (4º), favoritos de primera, aunque reaccionaron tarde no pudieron paliar las diferencias, y sí, en cambio, arañaron siquiera unos segundos de tiempo sin gloria. El belga pisaría la línea de meta a 7 segundos del noruego ganador, y Sagan lo haría a 17 segundos. Una loable recuperación de los dos, repetimos, pero sin gloria. Ellos aspiraban a más. Llegaron tarde a la hora de los inciensos.

Todo el gozo en un pozo

Casi de salida se formó en cabeza una pequeña avanzadilla integrada por ocho corredores que llevaban en su interior el deseo de moverse contra viento y marea. No había entre ellos una figura de las dos ruedas que sobresaliera sobre los demás. Eran ciclistas modestos que iban en pos de una aventura que tarde o temprano concluiría como así fue. El cambio de decorado se produjo en el muro denominado de Paterberg, emplazado no lejos de la meta, por donde se circula por una carretera estrecha, con adoquines en un trazo de 360 metros, y un porcentaje de pendiente medio del 13%.

Allí precisamente la pareja Kristoff (1º)-Terpstra (2º) fraguó la emboscada victoriosa no sin pocas dificultades. La situación se puso al rojo vivo ante el ataque desde atrás llevado a cabo por varios hombres belicosos que aspiraban a vencer. Aunque costaba creerlo las ilusiones momentáneas de los adversarios surgidos a última hora se fueron a pique, murieron. En los ambientes ciclísticos se lamentaba la ausencia obligada de dos hombres de postín, que fueron estrellas brillantes en esta competición: el suizo Fabián Cancellara y el belga Tom Boonen, lesionados por sendas caídas que sufrieron hace pocos días y que no pudieron alinearse.

Los españoles concurrieron en baja escala

A los españoles esta competición se les atraganta ¡valga la palabra! Tan sólo Juan Antonio Flecha, ciclista hispano por adopción, consiguió ser tercero, en el año 2008. Por los demás, nada de nada. Tampoco nuestros representantes se sienten muy motivados por correr en esta carrera de configuración un tanto incómoda. En esta edición, dicho sea de paso, la participación española fue un tanto floja. En la línea de partida, que tuvo lugar en la histórica y sugestiva ciudad de Brujas, estuvieron presentes tan sólo seis representantes y no más. El animoso ciclista murciano José Joaquín Rojas se clasificó en el 34º lugar, mientras que el cántabro Francisco José Ventoso, lo haría en el puesto 55º. No había para más.

Datos para la historia

Digamos que Alexander Kristoff ha sido una excepción en esta carrera en la que suelen imponerse los ciclistas belgas. Es el representante noruego ha conseguido al fin entrar por vez primera en el historial de la prueba que, dicho sea de paso, no es un honor baldío. Por naciones, hasta la fecha de hoy, registramos sesenta y ocho triunfos a favor de Bélgica; mientras que le siguen, bastante más distantes los países de Italia, con diez; de Holanda, con nueve, y de Suiza, con cuatro, gracias a la aportación de Henri Suter, en el año 1923, y a las consabidas tres prestaciones realizadas en su tiempo por el compatriota Cancellara.

Revisando el historial que nos da esta competición de altos vuelos, nos encontramos con seis corredores los que han logrado inscribir su nombre en tres ocasiones. No son otros que los belgas Achiel Buysse (1940-1941-1943), Eric Leman (1970-1972-1973), Johan Museeuw (1993-1995-1998) y Tom Boonen (2005-2006-2012). A los que adicionamos, los protagonistas extranjeros, el italiano Fiorenzo Magni (1949-1950-1951) y el suizo Fabian Cancellara (2010-2013-2014).

La primera edición de la Vuelta a Flandes data de nada menos el año 1913, con la victoria inaugural del corredor belga Paul Damen, oriundo de una alta familia aristocrática. El vencedor más joven que registra el historial de esta prueba se remonta a Henri Van Steenbergen, que consiguió el título a los 19 años. El más veterano en estas lides fue el ruso Andrei Tchmil, ganador en la temporada 2000, a los 37 años. Al año siguiente precisamente el italiano Gianluca Bortolami batió el récord de la carrera dejándolo en los 43,580 kilómetros a la hora. Al estadounidense George Hincapié, ya retirado de la actividad, le cabe el mérito de haber concurrido en esa carrera en diez y siete ocasiones, una gesta llena de voluntad.

Por Gerardo Fuster

Imagen tomada de www.abc.es

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