Hace 20 años de un ciclo inolvidable

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Los que nacimos en los setena podemos leer con cierta complicidad el exitoso libro de la EGB, podemos contar algunos capítulos de Verano Azul e incluso seguro que montamos por el pueblo una BH u Orbea. Somos de ese momento de la historia que nos enfiló hacia la mayoría de edad cuando Miguel Indurain empezó a ganar Tours, y así hasta cinco.

Una época enorme, plena. De la que hoy se habla pestes, pero que entonces nos supo a gloria -pero si hasta sacaban coleccionables de ciclismo-. Todos hablaban de Miguelón, de sus gestas, se vendían bicis por miles, hasta abriendo una libreta en tu banco de confianza. Hasta esto último nos suena lejano.

La leyenda de los cinco Tours de Miguel Indurain guarda pasajes de todo tipo y tamaño. El primero fue especial, por ser el primero, firmado por un ciclista aun inexperto en muchas cosas, por ejemplo en grandes podios cuando le colaban gorras de Crédit Lyonnais en lugar de suya, también de la banca.

El segundo estuvo condicionado por una brutal crono en Luxemburgo, una de esas cosas que ves dos o tres veces en la vida. El tercero quedó tocado, cuando la organización se cargó las opciones de Rominger buscando amparo en un reglamento no siempre hecho para dar espectáculo. Y el cuarto estuvo en un tris de irse al garete si ese mal paso en el descenso del Ventoux acaba con el titular del amarillo por los suelos. La suerte de los campeones, dicen.

Sin embargo el quinto lo tuvo todo y en grandes dosis. El volcán latente que siempre fue Indurain tuvo dos grandes momentos y buenas réplicas posteriores. Tras una primera semana de carnicería entre caídas, nervios y golpes, el navarro asestó el golpe maestro en Lieja, en el terreno de la única clásica que tuvo a tiro. Un destello, un acelerón y desconcierto en el grupo. Jalabert, Riis, Berzin,… mirando a un lado y otro, qué hacer ante lo que volaba por delante.

Con todo, y ya de amarillo, tras desempolvar su mítica espada por Valonia, cupo la impresión eterna de poder en La Plagne, la subida de de las subidas en la que una locomotora se puso a tirar y empezó el goteo. Dufaux, Riis, Gotti, Escartín, Lale Cubino, Rominger, Pantani, Lanfranchi… poco más arriba rebasó a Tonkov y al final sólo Zulle se salvó de la quema… sin duda el mejor momento de siempre. Veinte años ya, y parece que fue ayer.

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